domingo, 19 de enero de 2014

El mercado: nuevo corsé


Primero entró el hombre, y le ha seguido la mujer: ambos han sido engullidos de lleno por las fauces del capital y del mercado, lo cual ha redundado en perjuicio de su relación y de su vocación; en definitiva, de su amor
alfayomega.es

El propio sistema económico acabó aferrando
también a la mujer
En muchas ocasiones, confundimos la cultura con la naturaleza. Por ejemplo, si, por un contexto económico determinado, la mujer debe quedarse en casa sin trabajar, creemos que eso que deviene de una situación cultural es algo derivado de su naturaleza. Así creamos modelos de roles o tipologías que nos ahogan. De hecho, esto último es lo que, a mi juicio, ha provocado el resentimiento que anida en muchas de las posiciones del feminismo contemporáneo, en parte con razón.
Por otra parte, una concepción cerrada de la naturaleza humana es lo que ha llevado a ciertas tipologías de roles que no son del todo justas con la naturaleza y dignidad de la mujer, pues llegan a encorsetar el horizonte vital hasta ahogarlo.
El sistema de roles más socavante para la libertad humana -especialmente para las mujeres, que supuso el eclipsamiento paulatino de su papel y de su actividad en la vida social y pública- es precisamente aquel que tiene su origen en el capitalismo moderno, cuando la migración en torno a las zonas industriales de las ciudades, promesa de una nueva economía floreciente para las sociedades, lleva a que el hombre asuma la responsabilidad del sostenimiento de la economía familiar, al tener que trabajar casi 18 horas diarias, y que la mujer quede relegada al ámbito doméstico y al cuidado de los hijos. Las novelas de Jane Austen nos permiten mirar el universo de esas mujeres que, sin derecho a herencia ni posibilidad de trabajar, fundan todas sus esperanzas en un matrimonio ventajoso. ¿Para qué? Para liberar al marido y que él pueda dedicarse a producir, a los negocios, a la vida pública, que es lo que necesita el sistema económico.
Sin embargo, el propio sistema económico, en su afán por absorber la vida económica toda, acabó aferrando a la mujer también, con lo que ambos han acabado igualmente alienados por la fuerza del capital, ocupando su espacio dentro del engranaje productivo. Hoy día, ambos tienen que vivir sometiendo sus relaciones a los criterios del poder, que impone modos de vida basados en la búsqueda del propio interés, considerado únicamente en términos de productividad y de consumo.
En esto, las mujeres hemos perdido. Una sociedad egoísta se ha ido forjando cada vez más contrariando nuestros anhelos más profundos. A ello ha contribuido notoriamente el feminismo igualitarista y la ideología de género, que no es sino otro feminismo falso al servicio del sistema capitalista. Hemos alquilado esa habitación propia, es decir, nuestra vocación y nuestra especificidad como mujeres, a un casero tremendamente avaricioso como es el mercado. El proceso de liberación de la mujer igualándola al hombre es un engaño, a cuyos pies sin embargo se ha rendido buena parte del feminismo contemporáneo con los ojos cerrados.
En una sociedad así, lo que surge es una teoría de roles distinta, en la que el interés egoísta domina el ámbito de las relaciones entre hombre y mujer. Y no sólo en el matrimonio, también las relaciones paternofiliales, las de amistad, las laborales...; todas están dominadas por el interés y, por tanto, por la ausencia de gratuidad y de entrega. La ausencia de la búsqueda del bien del otro lo convierte en un término del contrato: si me sirve, bien; si no, habrá que cambiarlo.
Esto lleva a dos consecuencias: primero, es difícil encajar el hijo fuera de la categoría de capricho; y, segundo, se propone que la disolución de este tipo de contrato sea algo muy sencillo. Al final, la relación se convierte en un drama. Al desaparecer la entrega, la gratuidad, el  absoluto al hijo que ha entrado a formar parte de mi vida, que me es dado como un regalo, como el  de María, desaparece una de las posibilidades de cumplimiento de la vocación que se les ha encomendado a ambos, de forma complementaria: la de la lucha contra el mal para, juntos, construir un mundo más humano.
Feli Merino
Directora del Centro Maryam de Estudios de la Mujer, del Arzobispado de Granada, y profesora del Instituto de Filosofía Edith Stei

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