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sábado, 7 de julio de 2012

Encuentro con los confirmandos (2 de junio): Gracias a los dones del Espíritu Santo


Nadie habla a los jóvenes de hoy como lo hace el Papa. Les pide lo mejor de sí mismos y les anuncia lo mejor que la Iglesia les puede ofrecer: el amor de Cristo. Durante el Encuentro Mundial de las Familias, el Santo Padre tuvo un encuentro con los jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación

Benedicto XVI saluda a los jóvenes
que se están preparando para recibir
el sacramento de la Confirmación
¡Queridos chicos y chicas! Es una gran alegría para mí poder encontrarme con vosotros durante mi visita a vuestra ciudad. En este famoso estadio de fútbol, hoy los protagonistas sois vosotros. Saludo a vuestro arzobispo, el cardenal Angelo Scola, y le doy las gracias por las palabras que me ha dirigido. Gracias también a don Samuel Marelli. Saludo a vuestro amigo, que, en nombre de todos vosotros, me ha dado la bienvenida. Me alegra saludar asimismo a los Vicarios episcopales, que en nombre del arzobispo os han administrado o administrarán la Confirmación. Un gracias especial a la Fundación de los Oratorios Milaneses, que ha organizado este Encuentro, a vuestros sacerdotes, a todos los catequistas, a los educadores, a los padrinos y a las madrinas y a cuantos se han hecho compañeros vuestros de viaje en cada comunidad parroquial, y os han dado testimonio de la fe en Jesucristo muerto y resucitado, y vivo.
Vosotros, queridos muchachos, os estáis preparando para recibir el sacramento de la Confirmación, o bien lo habéis recibido hace poco. Sé que habéis llevado a cabo un precioso recorrido formativo, llamado este año El espectáculo del Espíritu. Ayudados por este itinerario, con diversas etapas, habéis aprendido a reconocer las estupendas cosas que el Espíritu Santo ha hecho y hace en vuestra vida y en la de todos aquéllos que dicen  al Evangelio de Jesucristo. Habéis descubierto el gran valor del Bautismo, el primero de los sacramentos, la puerta de entrada a la vida cristiana. Lo habéis recibido gracias a vuestros padres, que junto con los padrinos han profesado el Credo en vuestro nombre y se han comprometido a educaros en la fe.
Como lo fue también para mí, hace tanto tiempo ya, ésta ha sido para vosotros una gracia inmensa. Desde aquel momento, renacidos por el agua y por el Espíritu Santo, habéis entrado a formar parte de la familia de los hijos de Dios, os habéis convertido en cristianos, miembros de la Iglesia.
Ahora habéis crecido y podéis dar, vosotros mismos, vuestro Sí personal a Dios, un  libre y conscientemente responsable. El sacramento de la Confirmación confirma el Bautismo y os llena del Espíritu Santo abundantemente. Ahora, vosotros mismos, llenos de gratitud, tenéis la posibilidad de acoger sus grandes dones que os ayudan, en el camino de la vida, a convertiros en testigos fieles y valientes de Jesús. Los dones del Espíritu son realidades estupendas que os permiten formaros como cristianos, vivir el Evangelio y ser miembros activos de la comunidad. Os recuerdo brevemente estos dones, de los cuales nos habla ya el profeta Isaías, y luego Jesús:
* El primer don es la Sabiduría, que os hace descubrir todo lo bueno y grande que es el Señor y, como dice la palabra, llena vuestra vida de sabor, para que seáis, como decía Jesús, sal de la tierra;
* luego está el don del Entendimiento, para que podáis comprender en profundidad la Palabra de Dios y la verdad de la fe;
* luego, el don de Consejo, que os guiará al descubrimiento del proyecto de Dios sobre vuestra vida, sobre la vida de cada uno de vosotros;
* el don de Fortaleza, para vencer las tentaciones del mal y hacer siempre el bien, incluso cuando cuesta sacrificio;
* viene luego el don de Ciencia, no ciencia en el sentido técnico como es enseñada en la universidad, sino ciencia en el sentido más profundo, que enseña a encontrar en lo creado los signos y las huellas de Dios, a entender cómo Dios habla en todo tiempo y cómo me habla a mí, y para animar con el Evangelio el trabajo de cada día; entender que existe una profundidad y comprender que esta profundidad es tal que da sabor al trabajo, incluso el más difícil;
* otro don es el de Piedad, que mantiene viva en el corazón la llama del amor a nuestro Padre que está en los cielos, de manera que cada día le pidamos con confianza y ternura lo que necesitamos como hijos queridos: que no olvidemos las realidades fundamentales del mundo y de la vida: que Dios existe y me conoce, y espera mi respuesta a su proyecto;
* el séptimo y último don es el de Temor de Dios -hemos hablado antes del miedo-; temor de Dios no significa miedo, sino sentir hacia Él un profundo respeto, el respeto a la voluntad de Dios que es el verdadero diseño de mi vida y es el camino a través del cual la vida personal y comunitaria puede ser buena; y hoy, con todas las crisis que hay en el mundo, comprobamos lo importante que es que cada uno respete esta voluntad de Dios impresa en nuestros corazones, según la cual debemos vivir; y así este temor de Dios es deseo de hacer el bien, de hacer la verdad, de hacer la voluntad de Dios.

Un momento del encuentro de los confirmandos
con el Papa, en el estadio milanés de San Siro
Queridos chicos y chicas, toda la vida cristiana es un camino, es como ir recorriendo un sendero que sube a una montaña -por tanto, no siempre es fácil, pero subir a una montaña es siempre algo bellísimo- en compañía de Jesús; con estos preciosos dones, vuestra amistad con Él irá siendo cada vez más verdadera y más estrecha. Se alimenta continuamente con el sacramento de la Eucaristía, en el cual recibimos su Cuerpo y su Sangre. Por eso os invito a participar siempre con alegría y fidelidad en la Misa dominical, cuando toda la comunidad se reúne para rezar juntos, para escuchar la Palabra de Dios y participar en el sacrificio eucarístico. Y acercaos también al sacramento de la Penitencia, a la confesión: es un encuentro con Jesús que perdona nuestros pecados y nos ayuda a realizar el bien; recibir el don, recomenzar de nuevo es un gran regalo para nuestra vida, saber que soy libre, que puedo volver a empezar, que todo me ha sido perdonado. Luego, que no falte vuestra oración personal de cada día. Aprended a dialogar con el Señor, confiaos con Él, contadle vuestras alegrías y preocupaciones y pedidle luz y apoyo en vuestro caminar.
Queridos amigos, vosotros sois afortunados porque tenéis en vuestras Parroquias los Oratorios, un gran regalo de la diócesis de Milán. El Oratorio, como la misma palabra indica, es un sitio donde se reza, pero también donde se está juntos en la alegría de la fe, se hace catequesis, se juega, se organizan actividades de servicio y de otro tipo, se aprende a vivir, diría yo. Sed asiduos frecuentadores de vuestro Oratorio, para ir madurando cada vez más en el conocimiento y en el seguimiento del Señor. Estos siete dones del Espíritu Santo crecen precisamente en vuestra comunidad, donde se ejercita la vida en la verdad con Dios.
En la familia, obedeced a vuestros padres, escuchad las indicaciones que os hacen, para crecer como Jesús en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 51-52). Finalmente, no seáis perezosos, sino muchachos y jóvenes comprometidos, particularmente en el estudio, de cara a la vida futura: es vuestro deber de cada día y una gran oportunidad que tenéis para crecer y para preparar el futuro. Estad siempre disponibles y sed generosos con los demás, venciendo la tentación de poneros siempre en el centro a vosotros mismos, porque el egoísmo es enemigo de la verdadera alegría. Si ahora disfrutáis de la belleza de formar parte de la comunidad de Jesús, podréis dar también vosotros vuestra contribución para hacerla crecer y sabréis invitar a otros a que formen parte de ella. Permitidme que os diga también que el Señor, todos los días, hoy también, aquí, os llama a cosas grandes. Estad abiertos a lo que os sugiera, y si os llama a seguirle por el camino del sacerdocio o de la vida consagrada, no le digáis que no. ¡Sería una pereza equivocada! ¡Jesús os llenará el corazón para toda vuestra vida!
Queridos muchachos, queridas chicas: os digo con fuerza: aspirad a ideales altos. Todos pueden llegar a una cota alta, no sólo algunos. Sed santos. Pero ¿es posible ser santos a vuestra edad? Os respondo: ¡Ciertamente! Lo dice también san Ambrosio, gran santo de vuestra ciudad, en un libro suyo, en donde escribe: «Toda edad está madura para Cristo» (De Virginitate, 40). Y, sobre todo, lo demuestra el testimonio de tantos santos coetáneos vuestros, como Domingo Savio, o María Goretti. La santidad es el camino normal del cristiano, no está reservada a unos pocos elegidos, sino que está abierta a todos. Naturalmente, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, que no nos faltará si tendemos hacia Él nuestras manos y le abrimos nuestro corazón. Y con la guía de nuestra Madre. ¿Quién es nuestra Madre? Es la Madre de Jesús, María. Jesús nos confió a todos nosotros a Ella, antes de morir en la Cruz. Que la Virgen María guarde siempre la belleza de vuestro  a Jesús, su Hijo, el grande y fiel amigo de vuestra vida. ¡Así sea!

jueves, 5 de julio de 2012

MFC: Encuentro en Milán


Con motivo del VII Encuentro Mundial de las Familias con el Papa en Milán se nos ocurrió la posibilidad de reunirnos todos los miembros del MFC en un lugar fuera del propio encuentro.
Comenzamos a hacer gestiones y con la ayuda de don Ángel Tello, sacerdote de Toledo que había estudiado en Roma, contactamos con una parroquia en Milán, cuyo párroco acogió la idea favorablemente y nos dio toda clase de facilidades para hacer realidad el encuentro.
El siguiente paso fue divulgarlo a los miembros del MFC que asistieran al encuentro. A través de Marí Carmen y Robert Kimball, contactamos con los presidentes mundiales, los cuales acogieron la idea con entusiasmo y delegaron en los vicepresidentes Rosalinda y Jorge Carrillo, de Méjico, su representación en Milán.
La fecha señalada fue el 31 de mayo, jueves, y recién levantados nos fuimos a buscar la parroquia de San Vito al Giambellino, que quedaba bastante lejos de nuestro hotel. Una vez localizada, hablamos con el sacristán y nos confirmó que efectivamente nos esperaban a las cinco de la tarde.
Volvimos a comer al hotel y antes de las cuatro ya estábamos de vuelta en la parroquia a esperar…. Los primeros que llegaron fueron un matrimonio argentino que asistía al encuentro para celebrar su 40 aniversario de casados. Las cuatro y media y … una joven venezolana residente en Londres que junto a su marido se venían reuniendo con otros cuatro matrimonios y tenían intención de fundar el MFC en el Reino Unido, ya habían tenido contacto con Robert y Mary Carmen, pero quería saber cómo trabajamos en España, le dimos información y quedamos en enviarla los libros del MFC.
Las cinco menos cuarto, se detiene un taxi a la puerta y vemos descender de el a don Javier Rodríguez, consiliario de zona y diocesano de Burgos, nos os podéis imaginar con que alegría le recibimos, rápidamente se puso en contacto con el párroco y lo organizaron todo en un momento. Seguidamente fueron llegando de: El Salvador, Panamá, Argentina (Salta y Buenos Aires), Méjico, Estados Unidos (Las Vegas) y un matrimonio de Zaragoza, que junto a nosotros fueron los únicos matrimonios españoles asistentes.
Junto a un grupo de fieles de la parroquia iniciamos el encuentro con el rezo del Santo Rosario y a continuación la Eucaristía; las lecturas se leyeron en español y en italiano y don Javier pronunció la homilía en ambos idiomas.
Al final de la misa, agradecimos al párroco su disponibilidad y le obsequiamos con una placa de damasquino de Toledo.
A continuación estuvimos un buen rato en el patio de la iglesia, presentándonos y comentando nuestra situación familiar y datos de nuestra pertenencia al MFC.
Aunque la convocatoria no tuvo la respuesta que esperábamos,  creemos que la experiencia es válida y se puede repetir –En Filadelfia-
Ramón Bernácer y María Rosa María
Presidentes Nacionales MFC
España
 


martes, 3 de julio de 2012

Angelus EMF Milán 2012


«¡Os invito a Filadelfia!»


Vuestra vocación no es fácil de vivir, pero el amor
es la única fuerza que puede verdaderamente
transformar el cosmos, el mundo
Queridos hermanos y hermanas:
No tengo palabras para dar las gracias por esta fiesta de Dios, por esta comunión de la familia de Dios en la que nos encontramos. Al final de esta celebración, un gran agradecimiento a Dios, que nos ha dado esta gran experiencia eclesial. Por mi parte, dirijo un vivo agradecimiento a todos aquellos que han trabajado por este evento, en primer lugar al cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia -¡gracias, Eminencia!-, y al cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán -¡gracias!- Agradezco a todos los responsables de la organización y a todos los voluntarios. Y estoy ya listo para anunciar que el próximo Encuentro Mundial de las Familias tendrá lugar en 2015, en Filadelfia, en los Estados Unidos de América. Saludo al arzobispo de Filadelfia, monseñor Charles Chaput, y le agradezco desde ahora la disponibilidad ofrecida.
[En francés] Saludo afectuosamente a las familias de lengua francesa y, sobre todo, a las que se han desplazado a Milán. Confío a todas las familias a la Sagrada Familia de Nazaret, de modo que sean un lugar en el que florezca la vida; familias en las que Dios tenga un lugar. En el día de hoy, también participo espiritualmente de la alegría de los fieles de la archidiócesis de Besançon, que se han reunido para celebrar la beatificación del padre Marie Jean-Joseph Lataste, sacerdote de la Orden de los Predicadores, apóstol de la misericordia y apóstol de las cárceles. Me complace anunciar que el próximo Encuentro Mundial de las Familias tendrá lugar en la ciudad de Filadelfia, Estados Unidos de América, en 2015. ¡Que por la intercesión de la Virgen María, podáis abrir vuestros corazones y hogares a Cristo!
[En inglés] Al concluir esta celebración, volviéndonos en oración a la Virgen María, deseo expresar mi agradecimiento a todos los que han contribuido al éxito de este Encuentro Mundial de las Familias, en particular al cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, al cardenal Angelo Scola, a la archidiócesis y a la ciudad de Milán, y a las numerosas personas procedentes de Italia y el extranjero que han rezado y trabajado duro para hacer de este Encuentro un tiempo de gracia para todos. Ahora tengo el gozo de anunciar que el próximo Encuentro Mundial de las Familias tendrá lugar, en 2015, en Filadelfia, en los Estados Unidos de América. Envío un caluroso saludo al arzobispo Charles Chaput y a los católicos de esa gran ciudad, y espero encontrarme con ellos allí, junto a numerosas familias de todo el mundo. ¡Que Dios os bendiga a todos!
[En alemám] Saludo de corazón a todos los peregrinos y familias de los países de habla alemana. Os doy las gracias por vuestra participación en este Encuentro Mundial de las Familias en Milán. La familia es -lo sabemos- de importancia vital para la sociedad. Según el plan de la Creación divina, es el lugar preferido en el que la persona crece y puede aprender la correcta humanidad. Su contribución al desarrollo integral de la persona es esencial. Hagamos todo lo posible para crear, también hoy, un ambiente favorable a la familia, y pidamos que haya familias buenas, y por su cohesión. Desde hoy, os invito al próximo Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia, en 2015. Que el Señor bendiga y proteja a las familias y a todos nosotros.
[En español] Saludo con particular afecto a los fieles de lengua española, que con gran entusiasmo participan en este Encuentro Mundial de las Familias, así como a aquellos que se unen espiritualmente al mismo a través de los medios de comunicación. Que la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, haga crecer a todos interiormente en la sabiduría del amor y de la entrega, de modo que, siguiendo el ejemplo de la Virgen María, modelo perfecto de hija, madre y esposa, los hogares sean cada vez más templos de Dios y verdaderas Iglesias domésticas, por la copiosidad de sus virtudes y la belleza de la mutua unión y la constante fidelidad. Con alegría os anuncio que el próximo Encuentro Mundial de las Familias de 2015 tendrá lugar en la ciudad de Filadelfia, en los Estados Unidos de America. Feliz domingo.
[En portugués] Saludo a las familias de los diversos países de habla portuguesa, aquí presentes o en comunión con nosotros, recordando a todas el aspecto de la Santísima Trinidad, que, desde los albores de la creación, se posó sobre la obra hecha y con ella se alegró: ¡Era bueno! ¡Queridas familias, sois el trabajo y la fiesta de Dios! Reservad el domingo para Dios, haced una fiesta con Dios y descansad, juntos, en la fuente de donde brota la vida para construir el presente y el futuro. ¡Las fuerzas divinas son más poderosos que vuestras dificultades! ¡No tengáis miedo! ¡Sed fuertes, con Dios! Con alegría, os anuncio que el próximo Encuentro Mundial será, en 2015, en la ciudad americana de Filadelfia.
[En polaco] Saludo cordialmente a las familias polacas presentes aquí, en Milán, y a aquellas que se unen a nosotros a través de los medios de comunicación. Los temas tratados estos días: Familia, trabajo, fiesta, fortalecen en vosotros el amor, la fidelidad y la honestidad conyugal, animan a los jóvenes a poner su deseo en el ser en lugar de en el tener, y ayudarán a todos a vivir el domingo como un encuentro con Cristo, en la alegría de la fiesta de la familia. Para el próximo Encuentro Mundial de las Familias, os invito a Filadelfia, en los Estados Unidos de América, si Dios quiere, dentro de tres años. Encomiendo a todas vuestras familias a María, Reina de las Familias.
¡Queridas familias milanesas, lombardas, italianas y del mundo entero! Os saludo a todas con afecto y os agradezco vuestra participación. Os aliento a ser siempre solidarias con las familias que viven mayores dificultades; pienso en la crisis económica y social, pienso en el reciente terremoto en Emilia. Que la Virgen María os acompañe y os sostenga siempre. ¡Gracias!

Homilía de la Misa de clausura del EMF (3 de junio)


En la mañana del domingo, el Santo Padre presidió, en el Parque de Bresso, la Eucaristía conclusiva del VII Encuentro Mundial de las Familias. Éste es el texto de su homilía:

El Papa Benedicto XVI llega al Parque de Bresso
para presidir la Misa de clausura del EMF de Milán
Venerables hermanos, ilustres autoridades, queridos hermanos y hermanas.
Es un gran momento de alegría y comunión el que vivimos esta mañana, con la celebración del sacrificio eucarístico. Una gran asamblea, reunida con el sucesor de Pedro, formada por fieles de muchas naciones. Es una imagen expresiva de la Iglesia, una y universal, fundada por Cristo y fruto de aquella misión que, como hemos escuchado en el Evangelio, Jesús confió a sus apóstoles: Ir y hacer discípulos a todos los pueblos, «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19).
Saludo con afecto y reconocimiento al cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán, y al cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, artífices principales de este VII Encuentro Mundial de las Familias, así como a sus colaboradores, a los obispos auxiliares de Milán y a todos los demás obispos. Saludo con alegría a todas las autoridades presentes. Mi abrazo cordial va dirigido sobre todo a vosotras, queridas familias. Gracias por vuestra participación.
En la segunda Lectura, el apóstol Pablo nos ha recordado que, en el Bautismo, hemos recibido el Espíritu Santo, que nos une a Cristo como hermanos y como hijos nos relaciona con el Padre, de tal manera que podemos gritar:¡Abba, Padre! (cf. Rm 8, 15.17). En aquel momento, se nos dio un germen de vida nueva, divina, que hay que desarrollar hasta su cumplimiento definitivo en la gloria celestial; hemos sido hechos miembros de la Iglesia, la familia de Dios, sacrarium Trinitatis, según la define san Ambrosio, pueblo que, como dice el Concilio Vaticano II, aparece «unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Lumen gentium, 4). La solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad, que celebramos hoy, nos invita a contemplar ese misterio, pero nos impulsa también al compromiso de vivir la comunión con Dios y entre nosotros según el modelo de la Trinidad. Estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorando los diferentes carismas bajo la guía de los pastores. En una palabra, se nos ha confiado la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más una familia, capaces de reflejar la belleza de la Trinidad y de evangelizar no sólo con la palabra. Más bien diría por irradiación, con la fuerza del amor vivido.
La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada, al igual que la Iglesia, a ser imagen del Dios único en tres Personas. Al principio, en efecto, «creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Creced, multiplicaos» (Gn 1, 27-28). Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida.
Fecundidad del amor conyugal
El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de la Trinidad, imagen de Dios. Queridos esposos, viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación. Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad. Pero también vosotros, hijos, procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor.
El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total. Si, con la fuerza que viene de la gracia del Sacramento, sabéis acoger este don, renovando cada día, con fe, vuestro , también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret. Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil. Todos estos elementos construyen la familia. Vividlos con valentía, con la seguridad de que, en la medida en que viváis el amor recíproco y hacia todos, con la ayuda de la gracia divina, os convertiréis en Evangelio vivo, una verdadera Iglesia doméstica (cf. Exhortación apostólica Familiaris consortio, 49).
Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía.
Respeto del domingo

No perdáis el sentido del Día del Señor
En el libro del Génesis, Dios confía su creación a la pareja humana, para que la guarde, la cultive, la encamine según su proyecto (cf. 1, 27-28; 2, 15). En esta indicación de la Sagrada Escritura, podemos comprender la tarea del hombre y la mujer como colaboradores de Dios para transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica. El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador. Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social.
Un último elemento. El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta. El relato de la Creación concluye con estas palabras: «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró» (Gn 2, 2-3). Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, Día del Señor, Pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la Palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de Él, entrar en su amor y vivir de su amor. Es el día del hombre y de sus valores: convivencia, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa. Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del Día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios.
Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir. Es necesario aprender, antes de nada en familia, a creer en el amor auténtico, el que viene de Dios y nos une a Él, y precisamente por eso «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea todo para todos» (encíclica Deus caritas est, 18). Amén.

domingo, 1 de julio de 2012

Fiesta de los Testimonios (2 de junio)


En la Fiesta de los Testimonios, celebrada en el Parque de Bresso, el Santo Padre mantuvo este fructífero e interesantísimo diálogo con diversos participantes en el EMF de Milán:

Benedicto XVI abraza a Cat Tien, la niña vietnamita
CAT TIEN (niña de Vietnam)
Hola, Papa. Soy Cat Tien, vengo de Vietnam. Tengo siete años y quiero presentarte a mi familia. Él es mi papá, Dan, y mi mamá se llama Tao, y éste es mi hermanito Binh. Me gustaría mucho saber algo de tu familia y de cuando eras pequeño como yo...
SANTO PADRE: Gracias, querida, y gracias a tus padres: gracias de corazón. Me preguntas por los recuerdos de mi familia: ¡serían tantos! Pero quisiera decir sólo unas pocas cosas. El punto esencial para nuestra familia era siempre el domingo, aunque el domingo empezaba ya el sábado por la tarde.
Mi padre nos leía las lecturas del domingo tomadas de un libro muy conocido entonces en Alemania, donde también se explicaban esos textos. Así empezaba el domingo: entrábamos ya en la liturgia, en una atmósfera de alegría. Al día siguiente, íbamos juntos a Misa. Mi casa estaba cerca de Salzsburgo, así que teníamos mucha música -Mozart, Schubert, Haydn- y, cuando empezaba el Kyrie, era como si el cielo se abriese. Y luego, en casa, era muy importante, naturalmente, la comida juntos. También cantábamos mucho: mi hermano es un gran músico, componía ya desde pequeño para todos nosotros, y toda la familia cantaba. Mi padre tocaba la cítara y cantaba; son momentos inolvidables. Además, naturalmente, hacíamos viajes juntos y dábamos largos paseos; vivíamos cerca de un bosque, y caminar por los bosques era algo muy bonito: aventuras, juegos, etcétera. En una palabra, éramos un solo corazón y una sola alma, con muchas experiencias comunes, también en tiempos muy difíciles, porque era la época de la guerra, antes de la dictadura, y de la pobreza. Pero este amor recíproco que había entre nosotros, esta alegría incluso por cosas sencillas, era muy fuerte, y así pudimos superar y soportar todo lo demás. Me parece que esto era muy importante: que incluso las cosas pequeñas eran fuente de alegría, porque era así como se expresaba el corazón del otro. Y, así, crecimos en la certeza de que es un bien ser hombres, porque veíamos que la bondad de Dios se reflejaba en nuestros padres y hermanos. Y, a decir verdad, cuando intento imaginar un poco cómo puede ser el Paraíso, siempre pienso en el tiempo de mi infancia y de mi juventud. De hecho, en ese contexto de confianza, de alegría y de amor, éramos felices, y creo que en el Paraíso debe ser parecido a lo que viví en mi juventud. En este sentido, espero ir a casa, cuando vaya al otro lado del mundo.
SERGE RAZAFINBONY Y FARA ANDRIANOMBONANA (pareja de novios de Madagascar)
SERGE: Santidad, somos Fara y Serge, y venimos de Madagascar. Nos conocimos en Florencia, donde estábamos estudiando, yo ingeniería y ella economía. Somos novios desde hace cuatro años y, desde que nos licenciamos, soñamos con poder volver a nuestro país para ayudar a nuestra gente, con nuestro trabajo y profesión.
FARA: Los modelos familiares que predominan en Occidente no nos convencen, pero también somos conscientes de que muchas tradiciones de nuestra África han sido, en cierto modo, superadas. Nos sentimos hechos el uno para el otro, por eso queremos casarnos y construir un futuro juntos. Queremos también que todos los aspectos de nuestra vida estén guiados por los valores del Evangelio. Pero, hablando de matrimonio, Santidad, hay una expresión que nos atrae más que ninguna otra y, al mismo tiempo, nos asusta: el «para siempre»...
SANTO PADRE: Queridos amigos, gracias por este testimonio. Mi oración os acompaña en este camino de noviazgo y espero que podáis crear, con los valores del Evangelio, una familia para siempre. Ella ha hablado de varios tipos de matrimonio: conocemos el mariage coutumier africano y el matrimonio occidental. También en Europa, a decir verdad, hasta el siglo XIX, había otro modelo de matrimonio dominante, como ahora: a menudo, el matrimonio era en realidad un contrato entre clanes, donde se trataba de conservar el clan, abrir perspectivas de futuro, defender las propiedades, etcétera. El clan buscaba al uno para el otro, esperando que se adaptaran mutuamente. Así sucedía en parte también en nuestros países. Yo recuerdo que, en un pequeño pueblo, donde yo iba a estudiar, sucedía así a menudo. Pero luego, a partir del siglo XIX, llegó la emancipación del individuo, la libertad de la persona, y el matrimonio dejó de basarse en la voluntad de otros, para ser una decisión propia; le precede el enamoramiento, luego se convierte en noviazgo y, por último, en matrimonio. En aquella época, todos estaban seguros de que éste era el único modelo justo y que el amor por sí mismo garantizaba el siempre, porque el amor es absoluto, lo quiere todo, y por tanto también la totalidad del tiempo: es para siempre. Desafortunadamente, la realidad no fue así: se ve que el enamoramiento es hermoso, pero quizá no siempre perpetuo, igual que sucede con el sentimiento: no permanece para siempre. Por tanto, se ve que el paso del enamoramiento al noviazgo, y luego al matrimonio, exige varias decisiones y experiencias interiores. Como he dicho, es hermoso ese sentimiento de amor, pero debe ser purificado, debe recorrer un camino de discernimiento, es decir, deben entrar también la razón y la voluntad; deben unirse razón, sentimiento y voluntad. En el rito del Matrimonio, la Iglesia no dice: ¿Estás enamorado?, sino:¿Quieres?; ¿Estás decidido? Es decir: el enamoramiento debe convertirse en verdadero amor, implicando la voluntad y la razón en un camino, esto es el noviazgo, de purificación, de mayor profundidad, de modo que realmente todo el hombre, con todas sus capacidades, con el discernimiento de su razón y la fuerza de su voluntad, pueda decir: Sí, ésta es la vida que yo quiero. Pienso en las bodas de Caná. El primer vino es buenísimo: el enamoramiento. Pero no dura hasta el final: debe llegar un segundo vino, es decir, debe fermentar y crecer, madurar. Un amor definitivo, que llegue a ser realmente el segundo vino, es más bello, mejor que el primero. Esto es lo que debemos buscar.
Y aquí es importante, además, que el yo no esté solo -el yo y el tú-, sino que esté implicada también la comunidad de la parroquia, de la Iglesia, los amigos. Todo esto -la justa personalización, la comunión de vida con otros, con familias que se apoyan unas a otras- es muy importante, y sólo así, en esta implicación de la comunidad, de los amigos, de la Iglesia, de la fe, de Dios mismo, crece un vino que vale para siempre. ¡Ojalá sea así para vosotros!
FAMILIA PALEOLOGOS (familia griega)

En la Fiesta de los Testimonios,
celebrada en el Parque de Bresso
NIKOS: ¡Kalispera! Somos la familia Paleologos. Venimos de Atenas. Me llamo Nikos y ella es mi mujer, Pania. Éstos son nuestros dos hijos, Pavlos y Lydia. Hace años, con otros dos socios, invertimos todo lo que teníamos y creamos una pequeña empresa de informática. Cuando sobrevino esta durísima crisis económica, los clientes se redujeron drásticamente y los que quedaban fueron retrasando cada vez más los pagos. Llegamos a pagar a duras penas los sueldos de los dos empleados, y a los socios nos queda muy poco: así que, para mantener a nuestras familias, cada día que pasa hay menos. Nuestra situación es una de tantas, entre millones. En la ciudad, la gente camina cabizbaja por la calle, nadie se fía de nadie, falta la esperanza.
PANIA: También a nosotros, aunque seguimos creyendo en la Providencia, nos cuesta pensar en un futuro para nuestros hijos. Hay días y noches, Santo Padre, en los que nos preguntamos cómo hacer para no perder la esperanza. ¿Qué puede decir la Iglesia a toda esta gente, a estas personas y familias que ya no tienen perspectivas?
SANTO PADRE: Queridos amigos, gracias por este testimonio, que llega hasta mi corazón, y hasta el corazón de todos. ¿Qué podemos responder? Las palabras no bastan. Debemos hacer algo concreto y todos sufrimos por el hecho de ser incapaces de hacer algo concreto. Digamos una primera palabra sobre política: me parece que debería crecer el sentido de la responsabilidad en todos los partidos, que no prometan cosas que no pueden realizar, que no busquen sólo votos, sino que sean responsables del bien de todos y que entiendan que la política es también siempre responsabilidad humana y moral frente a Dios y frente a los hombres. Luego, naturalmente, las personas particulares sufren y deben aceptar, a menudo sin posibilidad de defenderse, la situación tal como es. Sin embargo, aún podemos decir: intentemos que cada uno haga todo lo que pueda, que piense en sí mismo, en su familia, en los demás, con un gran sentido de responsabilidad, sabiendo que los sacrificios son necesarios para seguir adelante.
Tercer punto: ¿qué podemos hacer nosotros? Ésta es mi pregunta en este momento. Creo que tal vez el hermanamiento entre ciudades, entre familias, entre parroquias, podría ayudar. Nosotros tenemos ahora en Europa una red de hermanamientos, pero son intercambios culturales, ciertamente muy buenos y útiles, pero quizá hagan falta hermanamientos en otro sentido: que realmente una familia de Occidente, de Italia, de Alemania, de Francia... asuma la responsabilidad de ayudar a otra familia. Y, del mismo modo, en las parroquias, en las ciudades: que realmente asuman responsabilidades, ayuden en un sentido concreto. Y estad seguros de algo: yo, y muchos otros, rezamos por vosotros, y este rezar no es sólo decir palabras, sino abrir el corazón a Dios, que así genera también creatividad al buscar soluciones. Esperemos que el Señor nos ayude. ¡Que el Señor os ayude siempre! Gracias.
FAMILIA RERRIE (familia estadounidense)
JAY: Vivimos cerca de Nueva York. Me llamo Jay, soy de origen jamaicano y trabajo como contable. Ella es mi mujer, Anna, y es profesora de apoyo. Éstos son nuestros seis hijos, que tienen entre 2 y 12 años. Con esto puede imaginar, Santidad, que nuestra vida está hecha de continuas carreras contra reloj, de afanes y encajes muy complicados... También para nosotros, en Estados Unidos, una de las prioridades absolutas es mantener nuestro puesto de trabajo, y para eso no hay que mirar los horarios, lo cual va siempre a costa de las relaciones familiares.
ANNA: Ciertamente, no siempre es fácil... Nuestra impresión, Santidad, es que las instituciones y empresas no facilitan la conciliación de los tiempos de trabajo con los de la familia. Santidad, imaginamos que también para usted es difícil conciliar sus infinitos compromisos con el descanso. ¿Tiene algún consejo para ayudarnos a recuperar la necesaria armonía? Entre tantas obligaciones impuestas por la sociedad contemporánea, ¿cómo ayudar a las familias a vivir la fiesta según el corazón de Dios?
SANTO PADRE: Es una gran cuestión, y creo entender este dilema entre dos prioridades: la del puesto de trabajo es fundamental, como la de la familia. ¿Cómo reconciliar ambas prioridades? Sólo puedo intentar daros algún consejo. Primero: hay empresas que permiten casi cualquier extra para las familias -el día del cumpleaños, etcétera- y ven que conceder un poco de libertad al final repercute en el bien de la empresa, porque refuerza el amor por el trabajo, por el puesto de trabajo. Por eso, querría invitar desde aquí a los empresarios a pensar en la familia, y a pensar también en cómo ayudar a que las dos prioridades puedan conciliarse.
Segundo: me parece que se debe buscar naturalmente una cierta creatividad, y esto no siempre es fácil. Pero, al menos, cada día se puede aportar algún elemento de alegría a la familia, de atención, alguna renuncia a la propia voluntad para estar juntos en familia, y aceptar y superar las noches, las oscuridades de las cuales hemos hablado también antes, y pensar en este gran bien que es la familia; y así, con la preocupación de dar algo bueno cada día, se puede encontrar una reconciliación de las dos prioridades.
Y, finalmente, está el domingo, la fiesta: espero que sea observado en América el domingo. Me parece muy importante el domingo, Día del Señor y, como tal, también día del hombre, porque somos libres. Ésta era, en el relato de la Creación, la intención original del Creador: que un día todos sean libres. En esta libertad del uno con el otro, y consigo mismo, se es libre para Dios. Creo que defendemos la libertad del hombre al defender el domingo y las fiestas como días de Dios y, por tanto, días para el hombre. ¡Así deseo que sea para vosotros! Gracias.
FAMILIA ARAUJO (familia brasileña de Puerto Alegre)

El problema de los divorciados que se vuelven
a casar es uno de los grandes sufrimientos
de la Iglesia hoy
MARÍA MARTA: Santidad, como en el resto del mundo, también en nuestro Brasil los fracasos matrimoniales siguen aumentando. Me llamo María Marta, él es Manuel Ángel. Llevamos 34 años casados y somos ya abuelos. Como médico y psicoterapeuta familiar, entramos en contacto con muchas familias, y en los problemas de pareja notamos una acentuada dificultad para perdonar y aceptar el perdón; en muchos casos, hemos visto el deseo y la voluntad de construir una nueva relación que sea duradera, también debido a los hijos que nacen de esta nueva unión.
MANUEL ÁNGEL: Algunas de estas personas que se casan de nuevo querrían volver a acercarse a la Iglesia, pero al no poder acercarse a los sacramentos sienten una gran desilusión. Se sienten excluidos, marcados por un juicio inapelable. Estos sufrimientos hieren en lo hondo a estas personas; se trata de un desgarro que forma parte de nuestro mundo, y de heridas que nos afectan también a nosotros, a la Humanidad entera. Santo Padre, sabemos que la Iglesia sufre por estas situaciones y que le apremian estas personas de manera especial: ¿qué palabras y qué signos de esperanza podemos ofrecerles?
SANTO PADRE: Queridos amigos, gracias por vuestro trabajo como psicoterapeutas familiares, que es muy necesario. Gracias por todo lo que hacéis para ayudar a estas personas que sufren. En realidad, el problema de los divorciados que se vuelven a casar es uno de los grandes sufrimientos de la Iglesia hoy. Y no tenemos simples recetas. El dolor es grande y sólo podemos ayudar a las parroquias y a las personas individuales a ayudar a estas personas a soportar el sufrimiento que conlleva el divorcio. Yo diría que lo más importante, naturalmente, es prevenir, es decir, profundizar desde el inicio en el enamoramiento para llegar a tomar una decisión sólida, madura; además, es bueno acompañar a las personas en su matrimonio, para que las familias nunca se encuentren solas, sino que estén realmente acompañadas en su camino. En cuanto a estas personas, debemos decir -como usted acaba de afirmar- que la Iglesia las ama, pero ellas necesitan ver y sentir este amor. Creo que es una gran tarea de una parroquia, de una comunidad católica, la de hacer realmente todo lo posible para que ellas se sientan amadas, aceptadas, para que no se sientan fuera, aunque no puedan acercarse a recibir la absolución y la Eucaristía: deben poder ver que también en esta situación viven plenamente en la Iglesia. Quizás, si bien no es posible que reciban la absolución en la Confesión, puedan tener un contacto permanente con un sacerdote, con un guía del alma, y esto es muy importante para que vean que son acompañados y guiados. También es muy importante que sientan que la Eucaristía es verdadera y participada, si realmente entran en comunión con el Cuerpo de Cristo. Aunque no puedan recibir corporalmente el Sacramento, pueden estar espiritualmente unidos a Cristo en su Cuerpo. Es muy importante que se les ayude a comprenderlo. Y puedan realmente vivir una vida de fe, con la Palabra de Dios, la comunión de la Iglesia, y experimentar que sus sufrimientos son un don para la Iglesia, porque sirven también a todos los demás para defender la estabilidad del amor, del Matrimonio; y que este sufrimiento no es sólo un tormento físico y psíquico, sino un sufrir en la comunidad de la Iglesia por el bien de los grandes valores de nuestra fe. Pienso que su sufrimiento, si es realmente aceptado interiormente, es un don para Iglesia. Deben saberlo, que precisamente así sirven a la Iglesia, están en el corazón de la Iglesia. Gracias por vuestros esfuerzos y vuestro trabajo.
A LOS DAMNIFICADOS POR EL TERREMOTO:
SANTO PADRE: Queridos amigos, sabéis bien que sentimos profundamente vuestro dolor, vuestro sufrimiento; y, sobretodo, yo rezo cada día para que este terremoto acabe por fin. Todos queremos colaborar para ayudaros. No tengáis duda: no os olvidamos, cada uno de nosotros hace todo lo posible por ayudaros -Caritas, todas las organizaciones de la Iglesia, el Estado, las distintas comunidades-, cada uno de nosotros quiere ayudaros, tanto espiritualmente con nuestra oración, con nuestra cercanía de corazón, como materialmente, y yo rezo insistentemente por vosotros. ¡Que Dios os ayude, nos ayude a todos! Os deseo todo bien, que el Señor os bendiga.
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzo

sábado, 30 de junio de 2012

Encuentro con las autoridades, en el Arzobispado de Milán (2 de junio)


En su encuentro con las autoridades civiles, militares y empresariales, en el arzobispado de Milán, Benedicto XVI presentó el ejemplo de san Ambrosio, y, a partir de él, habló del debido servicio del Estado a la persona y a la familia, respetando, por ejemplo, «el derecho primario de los progenitores a la libre educación y formación de los hijos»

Un momento del encuentro de Benedicto XVI
con las autoridades, en el Arzobispado de Milán
¡Ilustres señores! Os estoy sinceramente agradecido por este encuentro, que revela sus sentimientos de respeto y de estima hacia la Sede apostólica y, al mismo tiempo, me permite, en calidad de pastor de la Iglesia universal, expresaros el aprecio por la obra diligente y benemérita que no cesáis de promover por un cada vez mayor bienestar civil, social y económico de las laboriosas poblaciones milanesas y lombardas.
Gracias al cardenal Angelo Scola, que ha presentado este acto. Al dirigirle mi deferente y cordial saludo, mi pensamiento va hacia quien fue su ilustre predecesor, san Ambrosio, gobernador -consularis- de las provincias de Liguria y de la Emilia, con sede en la ciudad imperial de Milán, lugar de tránsito y de referencia -diríamos hoy- europeo. Antes de ser elegido -de forma inesperada y contra su voluntad, ya que se sentía inadecuado- obispo de Mediolanum, él había sido responsable del orden público y administrador de Justicia. Me parecen significativas las palabras con las que el prefecto Probo lo animó a ser consularis de Milán; le dijo, en efecto: «Anda y administra no como un juez, sino como un obispo». Y él fue efectivamente un gobernador equilibrado e iluminado que supo afrontar, con sabiduría, buen sentido y autoridad, las cuestiones, sabiendo superar contrastes y recomponer divisiones. Quisiera justamente detenerme brevemente sobre algunos principios que él seguía y que todavía hoy son preciosos para quienes están llamados a dirigir la cosa pública.
En su comentario al evangelio de Lucas, san Ambrosio recuerda que «la institución del poder deriva tanto de Dios, que aquel que lo ejerce es él mismo ministro de Dios» (Expositio Evangelii secundum Lucam, IV, 29). Estas palabras podrían parecer extrañas a los hombres del tercer milenio, y, sin embargo, indican claramente una verdad central sobre la persona humana que es sólido fundamento de la convivencia social: ningún poder del hombre puede considerarse divino, y por tanto ningún hombre es dueño de otro hombre. Ambrosio lo recordará valerosamente al emperador, escribiéndole: «También tú, oh augusto emperador, eres un hombre» (Epistula 51, 11).
Recta concepción de la libertad

La basílica de San Ambrosio, en Milán:
el cuadripórtico y la fachada
Hay otro elemento que podemos recabar de la enseñanza de san Ambrosio. La primera cualidad de quien gobierna es la justicia, virtud pública por excelencia, porque mira por el bien de la comunidad entera. Pero ella no basta. Ambrosio la acompaña de otra cualidad: el amor por la libertad, que él considera un elemento que diferencia a los buenos de los malos gobernantes, pues, como se lee en otra carta suya, «los buenos aman la libertad, los réprobos aman la servidumbre» (Epistula 40, 2). La libertad no es un privilegio de algunos, sino un derecho de todos, un derecho precioso que el poder civil debe garantizar. No obstante, la libertad no significa el arbitrio de uno solo, sino que más bien implica la responsabilidad de todos. Se encuentra aquí uno de los principales elementos de la laicidad del Estado: asegurar la libertad para que todos puedan proponer su visión de la vida común, siempre desde el respeto al otro y en el contexto de las leyes que miran al bien de todos.
Por otra parte, en la medida en que es superada la concepción de un Estado confesional, aparece claro, en todo caso, que las leyes deben encontrar justificación y fuerza en la ley natural, que es fundamento de un orden adecuado a la dignidad de la persona humana, superando una concepción puramente positivista, de la cual no pueden derivar indicaciones que sean, de alguna manera, de carácter ético (cfr. Discurso al Parlamento alemán, 22 septiembre 2011). El Estado está al servicio de la tutela de la persona y de su bienestar, en sus múltiples aspectos, empezando por el derecho a la vida, del que nunca puede consentirse su deliberada supresión. Cada cual puede ahora ver cómo la legislación y la obra de las instituciones estatales deben estar, en particular, al servicio de la familia, fundada en el matrimonio y abierta a la vida; y también reconocer el derecho primario de los progenitores a la libre educación y formación de los hijos, según el proyecto educativo considerado por ellos válido y pertinente. No se rinde justicia a la familia, si el Estado no sostiene la libertad de educación por el bien común de la entera sociedad.
Sin confusiones

Detalle del mosaico de san Ambrosio
En este existir del Estado para los ciudadanos, aparece preciosa una constructiva colaboración con la Iglesia, no para una confusión de las finalidades y de los roles diversos y distintos del poder civil y de la misma Iglesia, sino por la aportación que ésta ha ofrecido y todavía puede ofrecer a la sociedad con su experiencia, su doctrina, su tradición, sus instituciones y sus obras, con las cuales se coloca al servicio del pueblo. Basta pensar en la espléndida multitud de santos de la caridad, de la escuela y de la cultura, del cuidado a los enfermos y marginados, servidos y amados como se sirve y se ama al Señor. Esta tradición continúa dando sus frutos: la laboriosidad de los cristianos lombardos en tales ámbitos es muy viva y, tal vez, aún más significativa que en el pasado. Las comunidades cristianas promueven estas acciones no tanto como una labor sustitutiva, sino como gratuita sobreabundancia de la caridad de Cristo y de la experiencia totalizante de su fe.
El tiempo de crisis que estamos atravesando tiene necesidad, además, de valerosas elecciones técnico-políticas, de la gratuidad, como he tenido ocasión de recordar: «La ciudad del hombre no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes, sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión» (encíclicaCaritas in veritate, 6).
Podemos recoger una última y preciosa invitación de san Ambrosio, cuya figura solemne y armonizadora está representada en el estandarte de la ciudad de Milán. A cuantos quieren colaborar en el gobierno y en la administración pública, san Ambrosio les pide que se hagan amar. En la obra De officiis, afirma: «Aquello que hace el amor, no podrá nunca hacerlo el miedo. Nada es tan útil como hacerse amar» (II, 29). Por otra parte, la razón que, a su vez, mueve y estimula vuestra activa y laboriosa presencia en los distintos ámbitos de la vida pública, no puede ser más que la voluntad de dedicarse al bien de los ciudadanos, y por lo tanto una clara expresión y un evidente signo de amor. Así, la política es profundamente ennoblecida, transformándose en una elevada forma de caridad.
¡Ilustres Señores! Acoged estas simples consideraciones mías como signo de mi profunda estima hacia las instituciones a las que servís y para vuestra propia e importante labor. Que en esta tarea os ayude la continua protección del Cielo, de la cual quiere ser signo y auspicio la Bendición apostólica que os imparto a vosotros, a vuestros colaboradores y a vuestras familias.

jueves, 28 de junio de 2012

Celebración con sacerdotes, seminaristas y consagrados, en el Duomo de Milán (2 de junio)


En la mañana del sábado, Benedicto XVI presidió, en la catedral de Milán, la celebración de la Liturgia de las Horas con sacerdotes, religiosas y religiosos, monjas de clausura y seminaristas, a los que dirigió estas palabras:

Benedicto XVI acoge un emocionado
saludo, tras el rezo de la Liturgia
de las Horas, en la catedral de Milán
¡Queridos hermanos y hermanas! Nos hemos reunido en oración, respondiendo a la invitación del Himno ambrosiano de la Hora Tercia: «Es la hora tercera, Jesús Señor sube injuriado a la cruz». Es una clara referencia a la amorosa obediencia de Jesús a la voluntad del Padre. El Misterio Pascual ha dado inicio a un tiempo nuevo: la muerte y resurrección de Cristo recrea la inocencia en la Humanidad y hace que brote la alegría. Prosigue, de hecho, el himno: «Aquí empieza el tiempo de la salvación de Cristo -Hic iam beata tempora coepere Christi gratia». Estamos reunidos en la basílica catedral, en este Duomo que es verdaderamente el corazón de Milán. Desde aquí, nuestro pensamiento se extiende a la vastísima archidiócesis ambrosiana, que durante siglos y también en los tiempos recientes ha dado a la Iglesia hombres insignes en la santidad de su vida y en su ministerio, como san Ambrosio y san Carlos, y algunos Pontífices de inusual talla, como Pío XI y el Siervo de Dios Pablo VI, y los Beatos cardenales Andrea Carlo Ferrari y Alfredo Ildefonso Schuster.
¡Estoy muy contento de detenerme un poco con vosotros! Dirijo un afectuoso saludo a todos y cada uno en particular, y quisiera hacerlo llegar de forma especial a los que están enfermos o son muy ancianos. Saludo con viva cordialidad a vuestro arzobispo, el cardenal Angelo Scola, y le agradezco sus amables palabras; saludo con afecto a vuestros pastores eméritos, los cardenales Carlo María Martini y Dionigi Tettamanzi, junto a los demás cardenales y obispos presentes.
En este momento vivimos el misterio de la Iglesia en su expresión más alta, la de la oración litúrgica. Nuestros labios, nuestros corazones y nuestras mentes, en la oración eclesial, se hacen intérpretes de la necesidad y de los anhelos de toda la Humanidad. Con las palabras del Salmo 118, hemos suplicado al Señor en nombre de todos los hombres: «Inclina mi corazón a tus preceptos... Que tu gracia venga sobre mí, Señor». La oración cotidiana de la Liturgia de las Horas constituye una labor esencial del ministerio ordenado en la Iglesia. También a través del Oficio divino, que prolonga en la jornada el misterio central de la Eucaristía, los presbíteros están unidos de modo particular al Señor Jesús, vivo y operante en el tiempo. El sacerdocio: ¡qué precioso don! ¡Vosotros, queridos seminaristas que os preparáis para recibirlo, aprended a gustarlo desde ahora y vivid con compromiso el tiempo precioso en el Seminario! El arzobispo Montini, durante las Ordenaciones de 1958, decía así, precisamente en este Duomo: «Comienza la vida sacerdotal: un poema, un drama, un misterio nuevo, fuentes de perpetua meditación, siempre objeto de descubrimiento y de maravilla; el sacerdocio es siempre novedad y belleza para quien os dedica amoroso pensamiento, es reconocimiento de la obra de Dios en nosotros» (Homilía en la Ordenación de 46 Sacerdotes, 21 de junio de 1958).
Si Cristo, para edificar su Iglesia, se confía a las manos del sacerdote, éste, a su vez, se debe confiar a Él sin reserva: el amor por el Señor Jesús es el alma y la razón del ministerio sacerdotal, como fue premisa para que Él le asignase a Pedro la misión de apacentar su propio rebaño: «Simón, ¿me amas más que estos? Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 15). El Concilio Vaticano II recordó que Cristo «permanece siempre como principio y fuente de la unidad de los presbíteros. Para alcanzarla, éstos tendrán, por tanto, que unirse a Él en el descubrimiento de la voluntad del Padre y en el don de sí por el rebaño a ellos confiado. Así, representando al Buen Pastor, en el ejercicio mismo de la caridad pastoral encontrarán el vínculo de la perfección sacerdotal que realizará la unidad en su vida y actividad» (Decreto Presbyterorum Ordinis, 14). Precisamente sobre esta cuestión se expresó: en las diversas ocupaciones, de hora en hora, cómo encontrar la unidad de la vida, la unidad del ser sacerdote justo a partir de la fuente de la amistad profunda con Jesús, de la íntima unión con Él. No hay oposición entre el bien de la persona del sacerdote y su misión; es más, la caridad pastoral es elemento unificador de vida, que parte de una relación cada vez más íntima con Cristo en la oración, para vivir el don total de sí mismos por la grey, de modo que el pueblo de Dios crezca en la comunión con Dios y sea manifestación de la comunión de la Santísima Trinidad. En efecto, cada acción nuestra tiene como finalidad conducir a los fieles a la unión con el Señor y hacer crecer así la comunión eclesial por la salvación del mundo. Las tres cosas: unión personal con Dios, bien de la Iglesia, bien de la Humanidad en su totalidad, no son cosas distintas u opuestas, sino una sinfonía de la fe vivida.
Celibato y virgnidad

Un momento del encuentro de Benedicto XVI,
en la catedral de Milán, con sacerdotes, seminaristas
y consagrados
Signo luminoso de esta caridad pastoral y de un corazón indiviso son el celibato sacerdotal y la virginidad consagrada. Hemos cantado en el Himno de san Ambrosio: «Si en ti nace el hijo de Dios, conservarás la vida sin culpa». «Acoger a Cristo -Christum suscipere» es un motivo que torna a menudo en la predicación del santo obispo de Milán; cito un pasaje de su Comentario a san Lucas: «El que acoge a Cristo en lo íntimo de su casa es saciado de las alegrías más grandes» (Expos. Evangelii sec. Lucam, V, 16).
El Señor Jesús fue su gran atractivo, el argumento principal de su reflexión y predicación, y, sobre todo, el término de un amor vivo y confidente. Sin duda, el amor por Jesús vale para todos los cristianos, pero adquiere un significado singular para el sacerdote célibe y para quien ha respondido a la vocación a la vida consagrada: sólo y siempre en Cristo se encuentra la fuente y el modelo para renovar cotidianamente el  a la voluntad de Dios. «¿Con qué lazos es retenido Cristo?», se preguntaba san Ambrosio, que con intensidad sorprendente predicó y cultivó la virginidad en la Iglesia, promoviendo también la dignidad de la mujer. Y respondía: «No con los nudos de cuerda, sino con los vínculos del amor y con el afecto del alma» (De virginitate, 13, 77). Y, precisamente, en un célebre sermón a las vírgenes, les dijo: «Cristo es todo para nosotros: si deseas curar tus heridas, Él es médico; si estás angustiado por la sequedad de la fiebre, Él es fuente; si te encuentras oprimido por tu culpa, Él es justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es potencia; si tienes miedo de la muerte, Él es vida; si deseas el paraíso, Él es camino; si rehúyes las tinieblas, Él es luz; si estás buscando comida, Él es alimento» (Ibid., 16, 99).
Queridos hermanos y hermanas consagrados, os doy gracias por vuestro testimonio y os animo: mirad el futuro con confianza, contando con la fidelidad de Dios, que no os faltará nunca, y el poder de su gracia, capaz de obrar siempre nuevas maravillas, también en nosotros y con nosotros. Las antífonas de la salmodia de este sábado nos han llevado a contemplar el misterio de la Virgen María. En ella podemos, de hecho, reconocer la «clase de vida virginal y pobre que para sí escogió Cristo Nuestro Señor y abrazó su Madre, la Virgen» (Lumen gentium, 46), una vida en plena obediencia a la voluntad de Dios.
Una vez más, el Himno nos ha reclamado las palabras de Jesús en la cruz: «Desde la gloria de su patíbulo, Jesús habla a la Virgen: Mujer, aquí tienes a tu hijo; Juan, he aquí a tu madre». María, madre de Cristo, extiende y prolonga en nosotros su divina maternidad, a fin de que el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, la vida de contemplación y la actividad apostólica, en sus múltiples formas, perseveren, sin cansancio y con valor, al servicio de Dios y de la edificación de su Iglesia.
En estos momentos, quiero dar gracias a Dios por la multitud de sacerdotes ambrosianos, de religiosos y religiosas que han gastado sus energías al servicio del Evangelio, llegando en ocasiones al supremo sacrificio de la vida. Algunos de ellos han sido propuestos para el culto y la imitación de los fieles también en tiempos recientes: los Beatos sacerdotes Luigi Talamoni, Luigi Biraghi, Luigi Monza, Carlo Gnocchi, Serafino Morazzone; los Beatos religiosos Giovanni Mazzuconi, Luigi Monti y Clemente Vismara, y las religiosas María Anna Sala y Enrichetta Alfieri. Por su común intercesión, pedimos confiados al Dador de todo don que haga siempre fecundo el ministerio de los sacerdotes, que refuerce el testimonio de las personas consagradas, para mostrar al mundo la belleza de la donación a Cristo y a la Iglesia, y que renueve las familias cristianas según el designio de Dios, para que sean lugares de gracia y de santidad, terreno fértil para las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Amén. Gracias.

miércoles, 27 de junio de 2012

Palabras tras el concierto en honor del Santo Padre, en el Teatro alla Scala (1 de junio)


En la noche del viernes, tras escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven, interpretada por la Orquesta y el Coro del Teatro allla Scala, bajo la dirección de Daniel Barenboim, el Papa reflexionó sobre la imagen ideal de la Humanidad que proyecta esta obra, y una vez más, recordó el terremoto que golpeó, la pasada semana, a Italia

Un momento de la intervención del Papa, en la Scala, de Milán
En este histórico lugar quisiera recordar, sobre todo, un evento: era el 11 de mayo de 1946 y Arturo Toscanini alzó la batuta para dirigir un concierto memorable en la Scala, reconstruida tras los horrores de la guerra. Cuentan que el gran maestro, apenas llegado aquí a Milán, se dirigió de inmediato a este teatro y, en el centro de la sala, comenzó a aplaudir para probar si se había mantenido intacta su proverbial acústica, y escuchando que era perfecta, exclamó: «E’ la Scala, è sempre la mia Scala!»
En estas palabras, ¡Es la Scala!, se encierra el sentido de este lugar, templo de la Ópera, punto de referencia musical y cultural no sólo para Milán y para Italia, sino para todo el mundo. Y la Scala está ligada a Milán de manera profunda; es una de sus glorias más grandes, y he querido recordar aquel mes de mayo de 1946 porque la reconstrucción de la Scala fue una señal de esperanza para la recuperación de la vida de toda la ciudad, tras la destrucción de la Guerra.
Es, por tanto, un honor para mí estar aquí con todos vosotros y haber vivido, con este espléndido concierto, un momento de elevación del alma. Agradezco al alcalde, abogado Giuliano Pisapia, al superintendente, Doctor Stéphane Lissner, también por haber organizado esta velada, pero sobre todo a la Orquesta y al Coro del Teatro de la Scala, a los cuatro solistas y al maestro Daniel Barenboim, por la intensa y cautivadora interpretación de una de las obras maestras de la historia de la música. La gestación de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven fue larga y compleja; desde los célebres primeros dieciséis compases del primer movimiento, se crea un clima de espera de algo grandioso, y la espera no defrauda.
Aun siguiendo sustancialmente las formas y el lenguaje tradicional de la sinfonía clásica, Beethoven hace percibir algo nuevo ya desde la amplitud sin precedentes de todos los movimientos de la obra, algo que se confirma con la parte final, iniciada por una terrible disonancia, de la cual se deriva el recitado de las famosas palabras: «Amigos, no estos tonos, entonemos otros más atrayentes y alegres». Son palabras que, en un cierto sentido, «dan vuelta a la página» e introducen el tema principal del Himno a la alegría.
Es una visión ideal de la Humanidad la que Beethoven diseña con su música: «La alegría activa en la fraternidad y en el amor recíproco, bajo la mirada paterna de Dios» (Luigi Della Croce). No es una alegría propiamente cristiana la que canta Beethoven; es el gozo, sin embargo, de la fraterna convivencia de los pueblos, de la victoria sobre el egoísmo, y el deseo de que el camino de la Humanidad esté marcado por el amor, casi como una invitación que dirige a todos, más allá de toda barrera y convicción.
Donación, no egoísmo
Sobre este concierto, que debía ser una alegre fiesta con ocasión de este encuentro de personas procedentes de casi todas las naciones del mundo, pesa la sombra del terremoto que ha causado gran sufrimiento a tantos habitantes de Italia. Las palabras tomadas del Himno a la alegría, de Schiller, suenan como vacías para nosotros; es más, no parecen verdaderas. No probamos en absoluto las centellas divinas del Elíseo. No estamos ebrios de fuego; más bien, paralizados por el dolor ante tanta y tan incomprensible destrucción que ha costado vidas humanas, que ha arrebatado a tantas personas su casa y cobijo. También la hipótesis de que sobre el cielo estrellado debe habitar un buen padre, nos parece discutible. El buen padre, ¿está sólo sobre el cielo estrellado? ¿Su bondad no llega aquí hasta nosotros? Nosotros buscamos un Dios que no se mantenga a distancia, sino que entre en nuestra vida y en nuestro sufrimiento.
En esta hora, las palabras de Beethoven: «Amigos, no éstos tonos...», las quisiéramos remitir precisamente a aquellas de Schiller. No estos tonos. No tenemos necesidad de un discurso irreal sobre un Dios lejano o una fraternidad que no se compromete. Nosotros buscamos al Dios cercano. Buscamos una fraternidad que, en medio de los sufrimientos, sostiene al otro y así le ayuda a seguir adelante.
Después de este concierto, muchos acudirán a la adoración eucarística, a adorar al Dios que se situó en medio de nuestro sufrimiento y continúa haciéndolo; al Dios que sufre con nosotros y por nosotros, y que así ha hecho a los hombres y mujeres capaces de compartir el sufrimiento del otro y de transformarlo en amor. Precisamente a esto nos sentimos llamados con este concierto.
Gracias, una vez más, a la Orquesta y al Coro del Teatro de la Scala, a los solistas y a cuantos han hecho posible esta velada. Gracias también al Maestro Daniel Barenboim, porque con la elección de la Novena Sinfonía de Beethoven nos permite lanzar con la música un mensaje que afirme el valor fundamental de la solidaridad, de la fraternidad y de la paz. Y me parece que este mensaje es precioso también para la familia, porque es en la familia donde se experimenta, por primera vez, que la persona humana no ha sido creada para vivir encerrada en sí misma, sino en relación con los demás; es en la familia donde se comprende que la autorrealización no consiste en ponerse en el centro de todo, guiados por el egoísmo, sino en el donarse; es en la familia donde se empieza a encender en el corazón la luz de la paz para iluminar nuestro mundo. Y gracias a todos vosotros por el momento que hemos vivido juntos. ¡Gracias de corazón!

martes, 26 de junio de 2012

Discursos del Papa en el EMF Milán 2012: Discurso de bienvenida


Poco después de su llegada a Milán, en la tarde del viernes, Benedicto XVI dirigió unas palabras de saludo a la ciudad, en las que evocó su rica historia y tradición católicas, para interés de nuestros lectores publicaremos en días sucesivos las palabras del Santo Padre en el EMF con el fin de que puedan disfrutar de sus palabras en este tiempo estival.

El Duomo de Milán, testigo del VII Encuentro Mundial
de las Familias
Señor alcalde, distinguidas autoridades, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ¡queridos hermanos y hermanas de la archidiócesis de Milán!
Saludo cordialmente a todos los aquí reunidos tan numerosamente, así como a cuantos siguen este acontecimiento a través de la radio o de la televisión. ¡Gracias por su calurosa acogida! Agradezco al señor alcalde las corteses palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de la comunidad cívica. Saludo con deferencia al representante del Gobierno, al Presidente de la Región, al Presidente de la Provincia, así como a los demás representantes de las instituciones civiles y militares, y expreso mi aprecio por la colaboración brindada para la realización de los diversos momentos de esta visita.
Soy muy feliz de estar hoy entre vosotros, y doy gracias a Dios, que me ofrece la oportunidad de visitar su ilustre ciudad. Mi primer encuentro con los milaneses se realiza en esta Plaza de la catedral, corazón de Milán, donde surge el imponente monumento símbolo de la ciudad. Con su selva de agujas, invita a mirar hacia lo alto, a Dios. Justamente, tal impulso hacia el cielo caracterizó siempre a Milán, y le ha permitido, a lo largo de los tiempos, responder fructuosamente a su vocación: ser un cruce de caminos -Mediolanum- de pueblos y de culturas. La ciudad ha sabido de esta forma conjugar sabiamente el orgullo por la propia identidad con la capacidad de acoger toda contribución positiva que le ha sido ofrecida en el transcurso de la Historia. También hoy, Milán está llamada a redescubrir este su papel positivo de mensajera de desarrollo y de paz para toda Italia.
Dirijo mi agradecimiento cordial al pastor de esta archidiócesis, el cardenal Angelo Scola, por el recibimiento y las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la comunidad diocesana; con él, saludo a los obispos auxiliares y a quienes lo han precedido en esta gloriosa y antigua cátedra, el cardenal Dionigi Tettamanzi y el cardenal Carlo María Martini.
Dirijo un saludo particular a los representantes de las familias, provenientes de todo el mundo, que participan en el VII Encuentro Mundial. Dirijo un afectuoso pensamiento a cuantos tienen necesidad de ayuda y de consuelo, y se encuentran afligidos por varias preocupaciones: a las personas solas o en dificultad, a los desocupados, a los enfermos, a los encarcelados, a cuantos están privados de una casa, o de lo indispensable para vivir una vida digna. Que no falte a ninguno de estos nuestros hermanos y hermanas el interés solidario y constante de todos. Con este motivo, me complazco de todo cuanto la diócesis de Milán ha hecho y continúa haciendo para ir concretamente en ayuda de las necesidades de las familias más golpeadas por la crisis económico-financiera, y por haberse puesto de inmediato en acción, junto a toda la Iglesia y la sociedad civil en Italia, para socorrer a las poblaciones víctimas del terremoto de Emilia Romagna, que están en nuestros corazones y en nuestra oración, y por las cuales invito, una vez más, a una generosa solidaridad.
Grandes santos y pastores
El VII Encuentro Mundial de las Familias me ofrece la grata ocasión de visitar su ciudad y de renovar los lazos estrechos y constantes que unen la comunidad ambrosiana a la Iglesia de Roma y al sucesor de Pedro. Como es sabido, san Ambrosio provenía de una familia romana y mantuvo siempre viva su unión con la Ciudad Eterna y con la Iglesia de Roma, manifestando y elogiando el primado del obispo que la preside. En Pedro -afirma-, «está el fundamento de la Iglesia y el magisterio de la disciplina» (De virginitate, 16, 105); y también la conocida declaración: «Donde está Pedro, allí está la Iglesia» (Explanatio Psalmi 40, 30, 5). La sabiduría pastoral y el magisterio de Ambrosio sobre la ortodoxia de la fe y sobre la vida cristiana dejarán una huella indeleble en la Iglesia universal y, en particular, marcarán a la Iglesia de Milán, que jamás ha dejado de cultivar la memoria y de conservar su espíritu.
La Iglesia ambrosiana, custodiando las prerrogativas de su rito y las expresiones propias de la única fe, está llamada a vivir en plenitud la catolicidad de la Iglesia una, a testimoniarla y a contribuir a enriquecerla. El profundo sentido eclesial y el sincero afecto de comunión con el sucesor de Pedro forman parte de la riqueza y de la identidad de su Iglesia, a lo largo de todo su camino, y se manifiestan, de modo luminoso, en las figuras de los grandes pastores que la han guiado. En primer lugar, san Carlos Borromeo: hijo de su tierra. Él fue, como decía el Siervo de Dios Pablo VI, «un forjador de la conciencia y de la costumbre del pueblo» (Discorso ai milanesi, 18 marzo 1968); y lo fue, sobre todo, con la aplicación amplia, tenaz y rigurosa de las reformas tridentinas, con la creación de instituciones renovadoras, comenzando por los seminarios, y con su ilimitada caridad pastoral radicada en una profunda unión con Dios, acompañada de una ejemplar austeridad de vida.
Junto con los santos Ambrosio y Carlos, deseo recordar a otros excelentes pastores más cercanos a nosotros, que han embellecido, con la santidad y la doctrina, la Iglesia de Milán: el Beato cardenal Andrea Carlo Ferrari, apóstol de la catequesis y de los oradores y promotor de la renovación social en sentido cristiano; el Beato Alfredo Ildefonso Schuster, el cardenal de la oración, pastor incansable, hasta la consumación total de sí mismo por sus fieles. Además, deseo recordar a dos arzobispos de Milán que se convirtieron en Pontífices: Aquiles Ratti, Papa Pío XI; a su determinación se debe la positiva conclusión de la Questione Romana y la constitución del Estado de la Ciudad del Vaticano; y el Siervo de Dios Juan bautista Montini, Pablo VI, bueno y sabio, que, con mano experta, supo guiar y llevar a un feliz resultado el Concilio Vaticano II.
En la Iglesia ambrosiana maduraron además algunos frutos espirituales particularmente significativos para nuestro tiempo. Entre todos, quiero hoy recordar, precisamente pensando en las familias, a santa Gianna Beretta Molla, esposa y madre, mujer comprometida en el ámbito eclesial y civil, que hizo resplandecer la belleza y la alegría de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Luminosa tradición

Un bello momento de la gran Fiesta de la familia
en el Parque de Bresso, de Milán
Queridos amigos, vuestra historia es riquísima de cultura y de fe. Tal riqueza ha vivificado el arte, la música, la literatura, la cultura, la industria, la política, el deporte, las iniciativas de solidaridad de Milán y de toda la archidiócesis. Os toca ahora a vosotros, herederos de un glorioso pasado y de un patrimonio espiritual de inestimable valor, comprometeros para transmitir a las futuras generaciones la llama de una tan luminosa tradición. Vosotros bien sabéis cuán urgente es introducir en el actual contexto cultural la levadura evangélica. La fe en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, vivo en medio de nosotros, debe animar todo el tejido de la vida, personal y comunitaria, pública y privada, privada y pública, de modo que pueda proporcionar un estable y auténtico bienestar, a partir de la familia, a la que hay que redescubrir como patrimonio principal de la Humanidad, coeficiente y signo de una verdadera y estable cultura a favor del hombre.
La singular identidad de Milán no debe aislarla ni separarla encerrándola en sí misma. Al contrario, conservando la savia de sus raíces y los rasgos característicos de su historia, está llamada a mirar al futuro con esperanza, cultivando un vínculo íntimo y propulsor con la vida de toda Italia y de Europa. En la clara distinción de los papeles y de las finalidades, la Milán positivamente laica y la Milán de la fe están llamadas a concurrir al bien común.
Queridos hermanos y hermanas, ¡gracias, de nuevo, por vuestra acogida! Os confío a la protección de la Virgen María, que desde la más alta aguja de la catedral vela maternalmente, día y noche, sobre esta ciudad. A todos vosotros, que estrecho en un gran abrazo, imparto mi afectuosa Bendición.