Mostrando entradas con la etiqueta Brasil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brasil. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de agosto de 2013

El Papa en el Ángelus: los jóvenes no siguen al Papa, siguen a Jesucristo, llevando su Cruz

«La verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos» expresó explicando que el evangelio de este domingo «advierte propiamente sobre el absurdo de basar la propia felicidad sobre el tener»
El obispo de Roma enmarcó su reflexión en la maravillosa experiencia vivida en Brasil con la JMJ, a la que calificó como «una nueva etapa en la peregrinación de los jóvenes a través de los continentes con la cruz de Cristo».
«Las JMJ no son ‘fuegos de artificio’, sino etapas de un largo camino», constató el Sucesor de Pedro. «Los jóvenes no siguen al Papa, siguen a Jesucristo llevando su cruz. Y el Papa los guía y los acompaña en este camino de fe y de esperanza».
Después de agradecer y pedir al Señor que recompense a todos los que han trabajado para esta gran fiesta de la fe y el encuentro con el pueblo y los pastores, el Obispo de Roma pidió rezar para que los jóvenes que participaron de la JMJ, puedan traducir esta experiencia en su camino cotidiano, en el comportamiento de todos los días y que puedan traducirlo también en elecciones importantes de vida, respondiendo a la llamada personal del Señor.

Texto completo

Queridos hermanos y hermanas,
El pasado domingo estaba en Río de Janeiro. Se concluía la Santa Misa y la Jornada Mundial de la Juventud. Pienso que todos juntos tenemos que dar gracias al Señor por el gran don que ha sido este evento, para el Brasil, para América Latina y para el mundo entero. Ha sido una etapa en la peregrinación de los jóvenes a través de los continentes con la Cruz de Cristo. Nunca tenemos que olvidar que las Jornadas Mundiales de la Juventud no son «fuegos de artificio», finalizados en sí mismo; son etapas de un largo camino, iniciado en 1985, por iniciativa del Papa Juan Pablo II. Él confió a los jóvenes la Cruz y dijo: vayan y yo iré con ustedes! Y así fue; y esta peregrinación de los jóvenes continuó con el Papa Benedicto, y gracias a Dios también yo he podido vivir esta maravillosa etapa en Brasil. Recordemos siempre: los jóvenes no siguen al Papa, siguen a Jesucristo, llevando su Cruz. Y el Papa los guía y acompaña en este camino de fe y de esperanza. Agradezco por esto a todos los jóvenes que han participado, incluso con sacrificios. Y agradezco al Señor también por los otros encuentros que tuve con los Pastores y el pueblo de aquel gran País que es el Brasil, como también con las autoridades y los voluntarios. El Señor recompense a todos aquellos que han trabajado para esta gran fiesta de la fe.
También quiero subrayar mi gratitud; muchas gracias a los brasileños, buena gente la del Brasil, un pueblo de gran corazón, no me olvido de su calurosa bienvenida, de sus saludos, de sus miradas, tanta alegría, un pueblo generoso, pido al Señor los bendiga tanto.
Quisiera pedirles que recen conmigo para que los jóvenes que han participado en la Jornada Mundial de la Juventud puedan traducir esta experiencia en su camino cotidiano, en los comportamientos de todos los días; y que puedan traducirlo también en elecciones importantes de vida, respondiendo a la llamada personal del Señor. Hoy en la liturgia resuena la palabra provocante de Qoèlet: «Vanidad de vanidades… todo es vanidad» (1,2). Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de valores que a menudo los circunda. Y lamentablemente pagan las consecuencias. En cambio, el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, llena el corazón de alegría, porque lo llena de vida verdadera, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto en los rostros de los chicos de Río. Pero esta experiencia tiene que afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestra sociedad basada en el beneficio y en el tener, que ilusionan a los jóvenes con el consumismo. El Evangelio de este domingo nos advierte justamente sobre el absurdo de basar la propia felicidad sobre el tener. El rico se dice a sí mismo: «Alma mía, tienes bienes almacenados… descansa, come, bebe y date buena vida. Pero Dios le dice: Necio esta misma noche morirás. Y aquello que has acumulado ¿para quién será?» (cfr Lc 12,19-20).
Queridos hermanos y hermanas la verdadera riqueza es el amor de Dios, compartido con los hermanos. Aquel amor que viene de Dios y hace que nosotros lo compartamos con nosotros; y nos ayudemos entre nosotros. El que hace la experiencia no teme la muerte y recibe la paz del corazón. Confiemos esta intención, esta intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,
Los saludo a todos y les agradezco su presencia, a pesar del calor.
Estoy contento de saludarlos, en particular a algunos grupos juveniles: la Juventud Carmelitana de Croacia, los jóvenes de Sandón y Fossò, diócesis de Verona; a los de Mozzanica, diócesis de Cremona; aquellos de Moncalieri, que han hecho parte del camino a pie, y a los de Bérgamo, que han venido en bicicleta. ¡Gracias a todos!
Pero hay tantos jóvenes en la plaza, ¡esto parece Río de Janeiro!
Querría garantizar un recuerdo especial a los párrocos y a todos los sacerdotes del mundo, porque hoy se recuerda su patrono, San Juan María Vianney. Queridos hermanos, estamos unidos en la oración y en la caridad pastoral.
Mañana los romanos recordamos nuestra Madre, la Salus Populi Romani. Pidámosle a ella que nos custodie y ahora todos juntos la saludamos con un Ave María, todos

viernes, 26 de julio de 2013

Un Viacrucis con los pies en la tierra y la mirada en el cielo

Copacabana, una de las playas más famosas del mundo, se convierte hoy en un espacio de oración en el que van a tener cabida los problemas de los jóvenes junto a los sufrimientos de Cristo.
El planteamiento del tradicional Vicacrucis que se celebra en cada Jornada Mundial de la Juventud ha querido ser de enorme cercanía a los jóvenes, de ahí que se hayan propuesto plasmar, con un lenguaje fácil de comprender, esa proximidad de la comunión de la Iglesia con los problemas de los jóvenes.
Vista nocturna de la playa de Copacabana (Rio de Janeiro)
Pero al mismo tiempo, la JMJ propone una solución: sobrenaturalizar esos problemas y, con los ojos puestos en la misma cruz que portó Cristo hace dos mil años, elevar la mirada al cielo.
Se han planteado catorce temas diferentes para cada una de las 14 estaciones: "joven misionero", "joven convertido", "joven de comunidad de recuperación", "joven hablando en nombre de las madres", "seminarista", "religiosa que lucha por la vida (contra el aborto)", "matrimonio", "joven hablando por las mujeres que sufren", "estudiante en silla de ruedas", "joven de las redes sociales", "preso o joven de la pastoral penitenciaria", "joven con enfermedad terminal", "joven con discapacidad auditiva" y "joven de África, América del Norte, América Latina y del Caribe, de Europa, de Asia y de Oceanía". Y cada uno contará con una breve representación.
Una vez más, la JMJ permitirá sentir a los jóvenes lo que han repetido Juan Pablo II con su "No tengáis miedo" y Benedicto XVI con su "No estáis solos". Ahora, el Papa Francisco viene a devolverles la esperanza que no consiguen en medio de una crisis que es más grave en su versión moral que en la económica.
¡Os animamos a que nos dejéis vuestras experiencias de pasadas JMJ!

miércoles, 24 de julio de 2013

«Nos quieren como a su familia de sangre»

e una forma que actualiza de forma casi literal el Evangelio, los peregrinos que han dejado atrás casa y familia para participar en la JMJ, han encontrado cien veces más padres y madres, hermanos y hermanas. La acogida en familias es uno de los tesoros de la JMJ y una de las facetas que más recuerdan los jóvenes que la viven. Así lo están viviendo muchos jóvenes madrileños y españoles estos días, en Sao Paolo. María Martínez, envíada especial a Río de Janeiro
Especiales web (20-VII-2013)


Algunas de las madres de acogida,
durante la recepción de los peregrinos
Durante estos días, muchas familias brasileñas han añadido, a su ajetreo diario, el preparar el desayuno a un joven peregrino, acompañarle cada mañana hasta la parroquia, y estar pendiente de recogerlo cuando, por fin, terminan las actividades de la Semana Misionera. Y, con todo, cuando en la parroquia de Nuestra Señora de los Placeres, de Sao Paolo, se asignaba a los peregrinos a sus respectivas familias de acogida, parecía que a estas les había tocado la lotería. Durante los días siguientes, son frecuentes, entre los jóvenes, las conversaciones sobre sus familias: «No me han dejado salir de casa sin algo de comer para el resto del día, aunque vamos a comer y cenar en la parroquia»; «mi casa es tan sencilla que sólo funciona la ducha en un cuarto de baño que da al patio, y que no tiene bañera ni nada. Pero en la cama me han dejado unas toallas y jabón, como si fuera un hotel»; «pues la mía es muy pequeña, pero aún así me han hecho sitio»; «han llamado a unos amigos para invitarles a desayunar y que me conozcan»; «hasta la hermana de la mujer que me acoge, que no me conoce de nada, me ha enviado un regalito»; «antes de salir me han dado consejos para que vaya seguro por la calle»… La conclusión es unánime: la acogida de las familias brasileñas ha sido maravillosa.
Los filhos españoles
A Antonio, un seminarista de la diócesis de Lugo, y al compañero que se aloja con él, les llamó especialmente la atención una anécdota de la primera noche que estuvieron en la casa de acogida. Nada más llegar a casa, estuvieron cerca de una hora hablando con su madre, una viuda que vive sola. «Después, nos dijo que tenía que salir a pasear a la perra, y que nosotros nos podíamos ir acostando. Nos sorprendió que ya el primer día, que todavía no sabía ni nuestros nombres, ya nos dejaba la casa y confiaba totalmente en nosotros. Es una gente estupenda. Desde el primer día, sin conocernos de nada, nos abrieron las puertas de sus casas, y nos llaman filhos, hijos. Nos quieren realmente como si fuéramos su familia de sangre».
Alba, de 28 años, que peregrina con la Delegación de Infancia y Juventud de Madrid, añade que esta familiaridad hace que «llevemos aquí cuatro días pero parezca que es toda la vida. Están siempre pendientes, y se esfuerzan mucho por hablar en español para que podamos entenderles». Su padre brasileño, Everton, subraya que «hacemos la acogida como somos nosotros. Hago lo que yo quisiera que hicieran por mí», sobre todo para unos peregrinos que «vienen a un país sin saber muy bien qué va a ser de ellos. Se tienen que sentir acogidos». Explica que se ofreció como familia de acogida porque «es muy bueno conocer a los hermanos de otros países, y saber cómo tratan con la Iglesia. Pienso que es muy importante el intercambio con otras personas. Cuando mi hija sea mayor también quiero mandarla a hacer un intercambio así, y por eso nosotros tenemos que tener la experiencia de tener a alguien en casa».
Mamá, ¿cómo se dice…?

Alba con su "padre" brasileño, Everton
En un principio, Alba estaba asignada a una familia distinta a la que está ahora. El número de peregrinos españoles que han llegado a la zona es bastante menor de lo esperado, y  muchas familias que habían ofrecido sus casas al final se han quedado sin hijos. Iba a ser el caso de la familia de Everton, pero las tres hijas que tienen, de 11, cinco y cuatro años, se echaron a llorar al conocer la noticia. Para evitarles la decepción, los organizadores decidieron finalmente asignarles una peregrina. «Las pequeñas son tímidas y siempre están cerca de su madre, pero cuando vienen a despedirse por la noche, se acercan para preguntarle al oído como tienen que decirme Buenas noches, y en cuanto lo dicen la miran, como preguntando si lo han dicho bien».
En Nuestra Señora de los Placeres, tras la Misa en la que se hizo el reparto de peregrinos, don Humberto, el párroco, explicó la decepción que su escaso número había supuesto para las familias, que llevaban mucho tiempo esperando acoger a los jóvenes peregrinos. Pidió a los españoles que, a la salida, dieran un fuerte abrazo de agradecimiento a todos los presentes, para que todos pudieran sentir que estaban participando en la acogida. El encuentro, lleno de abrazos, besos -dos por parte de los españoles, uno de los brasileños- y palabras de bienvenida y bendición, duró varios minutos.
Haciendo Iglesia, en familia
El alojamiento en familias es una de las mejores formas de cumplir uno de los objetivos de los días previos a una JMJ, que es conocer cómo es la Iglesia en el país que acoge la Jornada. Sirven para ello el mismo contacto, y todas las conversaciones improvisadas que surgen en los pocos ratos que se pasan juntos, que suelen ser sólo el desayuno y la noche. «Anoche -cuenta Alba-, como llegamos pronto a casa, estuvimos una hora charlando sobre cómo en España hay poca gente que cree en Dios, y son los mayores; y también hay mucho libertinaje. En cambio Brasil es muy católico, puedes ver cómo se vive». En pocas horas, ha nacido una confianza que permite hablar de temas así, que normalmente se reservan a los más cercanos.
Lo mismo opina Gabriel, de 16 años, que acoge en su casa a Borja, otro joven madrileño: «La gente comparte el conocimiento, la Palabra de Dios, los distintos enfoques que tenemos y que se complementan. Ayer mismo estuve hablando con Borja sobre su trabajo en la parroquia, lo que cada uno hacemos y pensamos, y también cosas sobre Dios. Para nosotros es una felicidad ver que todos somos hermanos, sin importar de qué parte del mundo seamos».

Fuente: Alfa y Omega

Homilía del Papa Francisco en el Santuario de Aparecida

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas
¡Qué alegría venir a la casa de la Madre de todo brasileño, el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida! Al día siguiente de mi elección como Obispo de Roma fui a la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con el fin de encomendar a la Virgen mi ministerio como Sucesor de Pedro. Hoy he querido venir aquí para pedir a María, nuestra Madre, el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, y poner a sus pies la vida del pueblo latinoamericano.
Quisiera ante todo decirles una cosa. En este santuario, donde hace seis años se celebró la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe, ha ocurrido algo muy hermoso, que he podido constatar personalmente: ver cómo los obispos –que trabajaban sobre el tema del encuentro con Cristo, el discipulado y la misión– se sentían alentados, acompañados y en cierto sentido inspirados por los miles de peregrinos que acudían cada día a confiar su vida a la Virgen: aquella Conferencia ha sido un gran momento de Iglesia.
Y, en efecto, puede decirse que el Documento de Aparecida nació precisamente de esta urdimbre entre el trabajo de los Pastores y la fe sencilla de los peregrinos, bajo la protección materna de María. La Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre y le pide: «Muéstranos a Jesús». De ella se aprende el verdadero discipulado. He aquí por qué la Iglesia va en misión siguiendo siempre la estela de María.
Hoy, en vista de la Jornada Mundial de la Juventud que me ha traído a Brasil, también yo vengo a llamar a la puerta de la casa de María –que amó a Jesús y lo educó– para que nos ayude a todos nosotros, Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, a transmitir a nuestros jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno. Para ello, quisiera señalar tres sencillas actitudes: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría.
1. Mantener la esperanza. La Segunda Lectura de la Misa presenta una escena dramática: una mujer –figura de María y de la Iglesia– es perseguida por un dragón –el diablo– que quiere devorar a su hijo. Pero la escena no es de muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (cf. Ap12,13a-16.15-16a). Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos.
Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. El «dragón», el mal, existe en nuestra historia, pero no es el más fuerte. El más fuerte es Dios, y Dios es nuestra esperanza.
Cierto que hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer. Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos pasajeros. Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad. Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y para la sociedad. Ellos no sólo necesitan cosas.
Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo. Casi los podemos leer en este santuario, que es parte de la memoria de Brasil: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana.
2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre, mujer de esperanza –la gran esperanza que nos da la fe– sabe que Dios actúa y nos sorprende también en medio de las dificultades. Y la historia de este santuario es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr pesca en las aguas del Río Parnaíba, encuentran algo inesperado: una imagen de Nuestra Señora de la Concepción. ¿Quién podría haber imaginado que el lugar de una pesca infructuosa se convertiría en el lugar donde todos los brasileños pueden sentirse hijos de la misma Madre?
Dios nunca deja de sorprender, como con el vino nuevo del Evangelio que acabamos de escuchar. Dios guarda lo mejor para nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas. Confiemos en Dios. Alejados de él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota. Si nos acercamos a él, si permanecemos con él, lo que parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino nuevo de amistad con él.
3. La tercera actitud: vivir con alegría. Queridos amigos, si caminamos en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús, ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta alegría. El cristiano es alegre, nunca triste. Dios nos acompaña. Tenemos una Madre que intercede siempre por la vida de sus hijos, por nosotros, como la reina Esther en la Primera Lectura (cf. Est 5,3).
Jesús nos ha mostrado que el rostro de Dios es el de un Padre que nos ama. El pecado y la muerte han sido vencidos. El cristiano no puede ser pesimista. No tiene el aspecto de quien parece estar de luto perpetuo. Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se «inflamará» de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor. Como decía Benedicto XVI: «El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro» (Discurso Inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo 2007: Insegnamenti III/1 [2007], p. 861).
Queridos amigos, hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora ella nos pide: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Sí, Madre nuestra, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría. Que así sea.

Fuente: InfoCatólica