sábado, 17 de octubre de 2015

Familia: que la Iglesia eche de nuevo las redes






Para enfocar los primeros pasos del Sínodo sobre la familia conviene recordar lo que el Papa pidió a los obispos en el Encuentro de Filadelfia: que no pierdan demasiado tiempo en quejas y lamentaciones por los males del momento (aunque el análisis cultural es imprescindible, y el propio Francisco lo desplegó en Filadelfia) y que centren su energía en acompañar a las familias e invitar a los jóvenes a lanzarse a la aventura del matrimonio y de la familia.
En la homilía de apertura del Sínodo, Francisco subrayó, a un tiempo, la defensa de «la unidad e indisolubilidad del vínculo conyugal como signo de la gracia de Dios y de la capacidad del hombre de amar en serio», y la vocación de la Iglesia de buscar y curar a las parejas heridas, de mantener las puertas abiertas para acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo. Firmeza y fidelidad en la salvaguarda del Depósito de la fe que, como subrayó el Papa, no es un museo de recuerdos sino una fuente viva. Por eso la Iglesia tiene que salir del propio recinto para «caminar con la humanidad herida, para incluirla y conducirla a la fuente de salvación». Se trata de que la Iglesia, en todos sus niveles, esté en condiciones de ofrecer a las familias, especialmente a las que se encuentran en dificultades, un recorrido de maduración en la fe, un verdadero acompañamiento pastoral en el que no puede haber división entre verdad y misericordia, porque están unidas en su raíz, en la persona de Cristo.
Este es el núcleo de la preocupación del Papa, del que se deduce que no se trata tanto de definir nuevas reglas y disciplinas, sino de cambiar el ánimo pastoral, de crear verdaderos lugares para acompañar a las familias y de encontrar nuevas formas de presentar la verdad del matrimonio en diálogo con las coordenadas culturales de este momento. Me parece bastante estéril alimentar polémicas sobre los contenidos del Magisterio y de la Tradición eclesial que están firmemente asentados y que, como ha repetido el Papa, no se van a tocar. Pero eso no significa que no haya que profundizar y encontrar nuevas formulaciones, o que no haya que «pensar más sobre la familia», como ha reclamado el cardenal Angelo Scola. La teología del matrimonio, que recibió con San Juan Pablo II un verdadero empuje, necesita nuevos desarrollos, porque la cultura actual plantea también nuevas y acuciantes preguntas. Es importante que teología e impulso pastoral caminen juntos, que pensamiento y acción se reclamen y fecunden mutuamente sin contraposiciones estériles.
Por supuesto, la cuestión de los divorciados vueltos a casar, y su eventual acceso a la comunión eucarística, sigue siendo un tema caliente en el aula sinodal, aunque haya bajado grados tras la reforma del proceso de las nulidades establecida por el Papa. La Relación inicial, a cargo del cardenal húngaro Peter Erdö, ha dejado claro que la «propuesta Kasper» goza de mucha más popularidad en la prensa que entre el episcopado mundial. Aun así el debate no está cerrado y hay purpurados centroeuropeos que siguen concentrados en este punto. Francisco ha ido dejando ver en estos meses que esta cuestión no puede polarizar el Sínodo, y que además sería engañoso y simplista responder al dolor y al deseo sincero de estas personas de vivir en la Iglesia, con una especie de atajo a la Eucaristía. El tema es serio por todas sus implicaciones, y lo que menos necesita es artillería pesada y titulares gruesos.
Aunque los medios no lo escuchen, Francisco ha dejado claro que el Sínodo no es un parlamento con su izquierda y su derecha, con sus pactos y transacciones. Sólo lo entenderemos como evento plenamente eclesial, cuyo único método consiste en abrirse al Espíritu Santo, «de modo que no predominen las opiniones personales sino la fe en Dios, la fidelidad al Magisterio, el bien de la Iglesia y la salud de las almas». Ya sé en que en muchos ámbitos esto suena a música celestial, no me extraña. Lo que hay que esperar y pedir es que ese escepticismo no conquiste a los propios católicos, un poco mareados con el ping-pong de los medios… al que, digámoslo todo, contribuyen a veces algunos eclesiásticos.
El cardenal Ricardo Blázquez, a quien tuve oportunidad de entrevistar en El Espejo de COPE, ha dicho que «en el Sínodo no hay nada de trincheras, como refleja la fantasía de algunos medios». Es cierto que los padres sinodales tienen sus propias experiencias, y sensibilidades que son legítimas y no contradictorias. Pero todas deben ayudar a encontrar los caminos más oportunos para que el designio bueno de Dios sobre el hombre y la mujer pueda llevarse a cabo en toda su belleza y su fuerza en el mundo de hoy.
Volvemos al principio. El gran desafío que se plantea es que la Iglesia sea lugar de acogida, de escucha, de educación y de curación, de modo que las familias sean ayudadas a realizar su vocación y misión. Muchos jóvenes hoy reaccionan como los apóstoles ante Jesús, y asustados por el compromiso piensan que quizás lo mejor sea no casarse. Precisamente ahí está el desafío para la Iglesia: anunciar a Cristo como la respuesta que vence al miedo, porque lo que parece imposible a los ojos de los hombres no es imposible para Dios.
Durante la primera Audiencia General celebrada en el periodo sinodal, el Papa ha trazado una bella imagen: «a través de la familia, la Iglesia sale de nuevo a pescar para evitar que los hombres se ahoguen en el mar de la soledad y la indiferencia». Y ha pedido a los Padres sinodales entusiasmo para que la Iglesia eche de nuevo las redes, guiada por el Espíritu Santo, en ese mar de nuestro tiempo.

José Luis Restán/Páginas Digital

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