sábado, 9 de noviembre de 2013

El cardenal Rouco, tras participar en la Peregrinación Internacional de Familias a Roma


«La Iglesia tiene que estar muy, muy cerca de las familias»
Las familias españolas iniciaron la peregrinación a Roma con una Misa presidida por el cardenal Rouco Varela, arzobispo de Madrid. Tras acompañarlas en los actos junto al Papa, el cardenal Rouco explica que la sociedad necesita el testimonio de familias cristianas «que vivan su vocación y su labor evangelizadora a todas horas, en el día a día, en todo lo cotidiano» , y señala que una familia evangelizadora «no puede ser una familia de puertas cerradas, sino de puertas abiertas, sobre todo para los que más lo necesitan»
alfayomega.es

El cardenal, con una familia después
de la Misa en la basílica San Lorenzo
in Dámaso
¿Qué importancia tiene esta peregrinación de familias en el Año de la fe?
Si uno quiere entender el acontecimiento de estos días en sintonía con la doctrina del Papa Francisco y de su predecesor, hay que leerse el pasaje que dedica a la familia, en la encíclica Lumen fidei. En ella, el Papa enseña que, si tú quieres conocer y vivir la gran verdad de la familia, tienes que hacerlo a la luz de la fe. Primero, porque la fe te ayuda a conocer y comprender lo más fundamental de la familia, como por ejemplo, el amor matrimonial y su carácter fiel. Es lo que ha repetido el Papa en el encuentro del sábado, que debemos «superar la cultura de lo transitorio». Y además de que la fe ayuda a comprender y fundamentar la verdad de la familia en todos los órdenes de la experiencia del hombre, anima a vivirla de forma práctica. Se trata de esa oración en la familia, en la que tanto ha insistido el Papa, para animar a que la oración no sea practicada sólo individualmente, es decir, que cada miembro de la familia rece por su cuenta, sino que la familia rece junta y desarrolle costumbres en la oración familiar. El Papa ha hecho, por ejemplo, referencia a las familias que rezan juntas el Rosario, o el Padrenuestro antes de comer.
¿Qué papel está llamada a jugar la familia en la nueva evangelización?
Primero, el papel de asentar, afirmar y consolidar el matrimonio y la familia en el conjunto de la vida social, sobre todo en los países de más tradición cultural familiar; y el de reanimar lo que queda de experiencia expresamente cristiana de la familia en esos países. Es decir, ayudar a que se consolide, a que se afirme, a que no se destruya la familia. Ésa es la primera gran misión de las familias cristianas de Europa de cara a la nueva evangelización. Después, viene la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, a los niños. Si no hay familias, mal se puede transmitir la fe; y si las familias no transmiten la fe a los hijos, nos colocamos en una situación histórica parecida a la época de los 12 apóstoles, con Pedro a la cabeza y Pablo convertido en un ardiente apóstol de Cristo, que evangelizaron al mundo pagano, en un panorama familiar tremendo, de una corrupción moral increíble y con una dramática falta de fuerzas para que la sociedad se sostuviese a sí misma. Sin familias que transmitan la fe entre sí y a otras familias, volveríamos a ese punto de partida, con altísimos costes no sólo espirituales, sino en todos los órdenes.
¿Por eso el Papa ha pedido que las familias se ayuden unas a otras?
El Papa ha puesto esto de relieve en su homilía del domingo, al pedir que las familias se ayuden mutuamente, que se conozcan, que creen tejido familiar y social, y que la Iglesia viva del tejido de las familias cristianas como siempre lo ha hecho después de la primera evangelización. Esto hay que recuperarlo. En ciudades grandes como Madrid, o en otras ciudades de Europa, se necesitan redes familiares cristianas, que se conozcan, que vivan en común su fe y su experiencia humana del matrimonio y de la familia; que vivan desde la hondura de la fe, cuyo contenido esencial es creer que Dios es Amor y que ese amor se nos ha dado en Jesucristo. Ese compartir la fe, ese Dios que es Amor, tiene una importancia decisiva para el destino de la familia humana. Porque, ¿de verdad alguien cree que se van a superar las crisis, empezando por la económica, que sufre la gente en Madrid, en España, en Europa, si la familia se acaba y se destruye? ¡No es posible!
El Papa también ha hablado de la importancia de cuidar a los niños y de escuchar y atender a los abuelos...
¡Y está muy bien! Porque, por empezar con los pequeños, los niños sufren muchísimo ahora. La ruptura de los matrimonios va a costa de ellos. Y se da tantas veces... Y también en las familias llamadas monoparentales, aun cuando esa situación sea fruto de un hecho del que nadie es culpable, que no se busca, que simplemente sucede, aunque el Señor las sostiene en la cruz. Otra cosa es cuando se busca vivir en esa situación. Todo niño tiene derecho a su padre y a su madre, y no se le puede privar intencionadamente de uno de los dos. Ellos, los niños, son las víctimas, y esos sufrimientos no se pueden resolver después sólo con procesos psicológicos o educativos.
¿Y con respecto a los abuelos?
El sábado, una familia decía ante el Papa que sus abuelos, que vivían en residencias, al hacerse mayores y aunque su piso no es grande, se los llevaron consigo a casa. Y es que es un drama doloroso: cuando visitas residencias de mayores -y eso los obispos lo hacemos mucho-, te encuentras con señoras y señores que te dicen: Sí, mi hijo me viene a visitar el domingo, o cuando puede, y me alegro mucho cuando viene..., pero la realidad es que están solos. Hay que alabar a las instituciones que se ocupan de la atención a los mayores, porque hacen un gran servicio, pero todos esos servicios no pueden suplir el vacío que le deja a un anciano el que su familia no pueda mantenerlo en casa. Ellos saben que, de algún modo, han tenido que sacrificarlo. Y lo más duro es cuando los mayores piden salir del hogar, porque perciben que estorban.
Es evidente que la pastoral familiar es una prioridad para el Papa Francisco. ¿Cómo debe acompañar la Iglesia a las familias, en este momento histórico?
En términos generales, como lo ha hecho estos días en Roma, o como lo hacemos en los grandes actos de las diócesis. Pero luego, y sobre todo, a través de un acompañamiento muy capilar: a través de la parroquia, de los movimientos, de las asociaciones familiares, de obras de apoyo tanto a la vivencia familiar como a otras facetas de la vida. En este momento, pensando en España y en ciudades como Madrid, nuestra labor es facilitar que se creen redes de conocimiento y de amistad entre las familias, sobre todo entre los matrimonios jóvenes, dentro de la gran comunidad diocesana, y a través de servicios apostólico-familiares como los COF. Al tiempo, debemos ofrecer el acompañamiento de sacerdotes y de cristianos maduros en su fe, especialmente en las situaciones conflictivas, como cuando se pierde el empleo, la enfermedad te acosa, o se te suicida un hijo..., ¡porque estas situaciones se dan cada vez más! Hoy, la Iglesia tiene que estar muy, muy cerca de las familias. E, incluso, muy cerca de sus casas. Nosotros, este año, estamos recordando que las familias cristianas que viven su fe en una parroquia y participan en ella, tienen que estar dispuestas a ayudar a sus pastores y a visitar a otras familias. No es bueno este tipo de vida anónimo, propiciado por la arquitectura de grandes edificios con muchos pisos. Hace falta saber quién es y cómo está tu vecino, el de al lado, el de arriba, el de abajo... La comunidad de vecinos no debe estar sólo para pagar impuestos y leer los contadores del agua, sino para cuajar una comunidad humana.
Monseñor Paglia adelantó en Alfa y Omega, que el Vademecum de pastoral familiar ya está casi listo, y va a exigir más formación y una mayor vida cristiana a los novios que se preparan para recibir el Matrimonio. Esto, ¿supone que habrá menos matrimonios celebrados canónicamente, pero más parejas conscientes del compromiso que asumen? ¿Celebrar menos matrimonios es el peaje que hay que pagar para tener una mejor formación pre matrimonial?
Naturalmente, yo no sé lo que dirá el Vademecum, pero la Iglesia también tiene sus límites a la hora de limitar la voluntad de los fieles de contraer matrimonio canónico. Porque la Iglesia tiene que contar con los derechos de los fieles, una expresión poco conocida hasta el Vaticano II y el nuevo Código de Derecho Canónico. Un derecho de los fieles es poder casarse, y eso no implica sólo el derecho a celebrar el sacramento, sino el derecho a unirse según la voluntad de Dios. En el matrimonio hay un sustrato natural que pertenece al tesoro básico de los derechos fundamentales de la persona. Y esto hay que tenerlo en cuenta. El sacramento construye el matrimonio sobre Cristo, y sobre la base de una experiencia que sabe cuál es la verdad plena del matrimonio, y que sabe además que ha asumido esa verdad a la luz de la fe. La Iglesia, en la administración de sacramentos, no puede prescindir del punto de vista del derecho de los fieles; o, dicho de otro modo, no puede olvidar un imperativo personal que antes se expresaba diciendo: Salus animarum, suprema lex est, o sea, la salvación de las almas es la suprema ley de la Iglesia.
No obstante, una mayor exigencia, incluso sólo una mayor duración del cursillo prematrimonial, puede echar atrás a parejas que se casan por la Iglesia porque las fotos son más bonitas, o por no disgustar a los suegros, pero sin intención de formar una familia cristiana...
Es que ahí se da el peligro de que el matrimonio sea nulo. Hay que tener mucho cuidado en este punto, porque, en una grandísima medida, el problema de los matrimonios que fracasan y que han sido contraídos sacramentalmente, está en que no ha habido una buena preparación y, en muchos casos, es que no ha habido ni siquiera verdadero matrimonio. Es decir, que han fallado, aun sin saberlo la Iglesia o el sacerdote, aspectos fundamentales de lo que constituye el matrimonio cristianamente vivido y que, a través del sacramento, debía de haberse llevado a su plenitud de expresión. Es algo que se ha de cuidar mucho.
Por lo tanto, y dado que uno de los planteamientos que hay que cambiar en la pastoral familiar es la preparación al Matrimonio, ¿qué debe ser lo central, lo más importante, en esta nueva formación de los novios que quieren formar una familia?
En el período de la preparación al Matrimonio, nosotros, en Madrid, desde hace más de 10 años, nos hemos ido concentrando cada vez más en la formación primera en la fe, y en la fe aplicada a la verdad y a la realidad del matrimonio cristiano. Esta línea sigue abierta y estamos imbricándola, además, con la educación afectivo-sexual y afectivo-conyugal, haciendo ver que no son dos procesos distintos, sino que son el mismo proceso de vida. A los jóvenes novios les mostramos que se necesita la luz de la fe, como decía el Papa, que se necesita la certeza de que el Señor está contigo y con vosotros, que podéis encontrarle y vivir junto a Él en la oración, en los sacramentos, en la escucha de la Palabra, en una vivencia de la caridad a fondo. Y que esto hace rica toda la relación afectiva y corporal de los esposos, y la relación de los padres con los hijos. Ésta es la línea que vemos que es buena y que ayuda a los jóvenes. Lo que pasa es que esto hay que completarlo con una ayuda explícita a las parejas de novios, que viven en un entorno laboral, de amistades e incluso de familias en el que no se vive ni se valora el matrimonio. La sociedad, para ellos, es un mundo difícil, y no favorable para formar un proyecto familiar inspirado en el hombre nuevo que nace del encuentro con Cristo y con el Evangelio. Por eso, hay que fortalecer mucho las instituciones familiares y, también con el testimono del amor vivido cristianamente, ayudar sobre todo a los novios y a los matrimonios más expuestos a la tentación permanente contra la estabilidad, la indisolubilidad, y la fidelidad matrimonial.

Un momento de la celebración
con las familias madrileñas
en San Lorenzo in Dámaso
¿Qué puede hacer una familia para ser, en su entorno, una familia evangelizadora y misionera?
Lo primero, como ha dicho el Papa, es vivir su vocación y su labor evangelizadora, a todas horas, en el día a día, en todo lo cotidiano: desde la hora y la forma de levantar a los niños y de acostarlos, hasta la forma de vivir el trabajo y la profesión para relacionarlo con la familia; desde tener muy en cuenta que la programación del trabajo del padre y de la madre se haga siempre con sentido familiar, hasta el rezo de la noche o la bendición de la mesa en el día a día. O sea, en todo. Y después, con una clara apertura a los demás. Una familia cristiana no puede ser una familia de puertas cerradas, sino una familia de puertas abiertas, sobre todo para los que más lo necesitan. Una familia cristiana está llamada a entrar a vivir y a disfrutar y a relacionarse con las formas de vida de la Iglesia, de las comunidades, de las parroquias... En Madrid, como en toda España, las formas de vida apostólica de la Iglesia son muchas y muy vivas, y una familia que quiera ser evangelizadora debe acercarse allí donde la pastoral familiar funciona bien, para participar en ella. Y, si no puede, al menos que acuda a la vida sacramental, litúrgica, caritativa y catequética de su parroquia.
En este contexto de retos para la familia, ¿para qué sirven actos como la celebración de la Fiesta de la Familia que se lleva a cabo, cada año, en la Plaza de Colón, de Madrid?
Sirven para que las familias que allí se reúnen tengan el gozo de compartir la fe, la presencia del Señor en la Eucarística, y la fiesta en la que se envuelven estos grandes actos. Sirven como ocasión de conocer a otras familias y desarrollar amistades que nacen entre ellas, incluso más allá de las fronteras de los países europeos. Y además, sirven para sentirse alentados y reforzados por el ejemplo de las demás familias. Son una forma de dar testimonio evangélico, de primer orden, ante toda la sociedad.
O sea que, este año, ¿también se convocará la Fiesta de las Familias?
Si Dios quiere, por supuesto. Y además, por ser el Año de la fe, habrá un envío de familias en misión. Estamos perfilándolo, pero habrá más novedades, porque los organizadores tienen muchísima creatividad...
José Antonio Méndez

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