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sábado, 30 de julio de 2016

DISCURSO DEL PAPA FRANCISCO EN LA VIGILIA DE LA JMJ CRACOVIA 2016


Texto íntegro de la homilía del Papa Francisco en la Vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia 2016:


Queridos jóvenes, buenas tardes
Es bueno estar aquí con ustedes en esta Vigilia de oración.
Al terminar su valiente y conmovedor testimonio, Rand nos pedía algo. Nos decía: «Les pido encarecidamente que recen por mi amado país». Una historia marcada por la guerra, el dolor, la pérdida, que finaliza con un pedido: el de la oración. Qué mejor que empezar nuestra vigilia rezando.
Venimos desde distintas partes del mundo, de continentes, países, lenguas, culturas, pueblos diferentes. Somos «hijos» de naciones, que quizá pueden estar enfrentadas luchando por diversos conflictos, o incluso estar en guerra. Otros venimos de países que pueden estar en «paz», que no tienen conflictos bélicos, donde muchas de las cosas dolorosas que suceden en el mundo sólo son parte de las noticias y de la prensa.
Pero seamos conscientes de una realidad: para nosotros, hoy y aquí, provenientes de distintas partes del mundo, el dolor, la guerra que viven muchos jóvenes, deja de ser anónima, para nosotros deja de ser una noticia de prensa, tiene nombre, tiene rostro, tiene historia, tiene una cercanía.
Hoy la guerra en Siria, es el dolor y el sufrimiento de tantas personas, de tantos jóvenes como la valiente Rand, que está aquí entre nosotros pidiéndonos que recemos por su amado país.
Existen situaciones que nos pueden resultar lejanas hasta que, de alguna manera, las tocamos. Hay realidades que no comprendemos porque sólo las vemos a través de una pantalla (del celular o de la computadora).
Pero cuando tomamos contacto con la vida, con esas vidas concretas no ya mediatizadas por las pantallas, entonces nos pasa algo importante, todos sentimos la invitación a involucrarnos: «No más ciudades olvidadas», como dice Rand: ya nunca puede haber hermanos «rodeados de muerte y homicidios» sintiendo que nadie los va a ayudar.
Queridos amigos, los invito a que juntos recemos por el sufrimiento de tantas víctimas fruto de la guerra, esta guerra que hay hoy en el mundo, recemos por tantas familias de la amada Siria y de otras partes del mundo, para que de una vez por todas podamos comprender que nada justifica la sangre de un hermano, que nada es más valioso que la persona que tenemos al lado. Y en este pedido de oración también quiero agradecerles a Natalia y a Miguel, porque ustedes también nos han compartido sus batallas, sus guerras interiores. Nos han mostrado sus luchas y cómo hicieron para superarlas. Son signo vivo de lo que la misericordia quiere hacer en nosotros.
Nosotros no vamos a gritar ahora contra nadie, no vamos a pelear, no queremos destruir, no queremos insultar. Nosotros no queremos vencer el odio con más odio, vencer la violencia con más violencia, vencer el terror con más terror. Nosotros hoy estamos aquí, porque el Señor nos ha convocado. Y nuestra respuesta a este mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se llama comunión, se llama familia.
Celebremos el venir de culturas diferentes y nos unimos para rezar. Que nuestra mejor palabra, que nuestro mejor discurso, sea unirnos en oración. Hagamos un rato de silencio y recemos; pongamos ante Dios los testimonios de estos amigos, identifiquémonos con aquellos para quienes «la familia es un concepto inexistente, y la casa sólo un lugar donde dormir y comer», o con quienes viven con el miedo de creer que sus errores y pecados los han dejado definitivamente afuera. Pongamos también las «guerras» de ustedes, nuestras guerras, las luchas que cada uno trae consigo, dentro de su corazón, en presencia de nuestro Dios. Y para esto, para estar en familia, los invito a ponerse de pie, a tomarse de la mano y rezar en silencio, todos.
(Oración en silencio)
Mientras rezábamos, me venía a la mente la imagen de los Apóstoles el día de Pentecostés. Una escena que nos puede ayudar a comprender todo lo que Dios sueña realizar en nuestra vida, en nosotros y con nosotros. Aquel día, los discípulos estaban encerrados por miedo. Se sentían amenazados por un entorno que los perseguía, que los arrinconaba en una pequeña habitación, obligándolos a permanecer quietos y paralizados. El temor se había apoderado de ellos. En ese contexto, pasó algo espectacular, algo grandioso. Vino el Espíritu Santo y unas lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno, impulsándolos a una aventura que jamás habrían soñado. Las cosa cambia así.
Hemos escuchado tres testimonios, hemos tocado, con nuestros corazones, sus historias, sus vidas. Hemos visto cómo ellos, al igual que los discípulos, han vivido momentos similares, han pasado momentos donde se llenaron de miedo, donde parecía que todo se derrumbaba. El miedo y la angustia que nace de saber que al salir de casa uno puede no volver a ver a los seres queridos, el miedo a no sentirse valorado ni querido, el miedo a no tener otra oportunidad.
Ellos nos compartieron la misma experiencia que tuvieron los discípulos, han experimentado el miedo que sólo conduce a un lugar: ¿Adónde nos lleva el miedo? Al encierro. Y cuando el miedo se acovacha en el encierro siempre va acompañado por su «hermana gemela»: la parálisis, sentirnos paralizados. Sentir que en este mundo, en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, no hay ya espacio para crecer, para soñar, para crear, para mirar horizontes, en definitiva para vivir, es de los peores males que se nos puede meter en la vida, y más en la juventud. La parálisis nos va haciendo perder el encanto de disfrutar del encuentro, de la amistad; el encanto de soñar juntos, de caminar con otros. Nos aleja de los otros, nos impide tender la mano. Como hemos visto, todos encerrados en ese lugar de adentro.
Pero en la vida hay otra parálisis todavía más peligrosa pero los jóvenes, y muchas veces difícil de identificar; y que nos cuesta mucho descubrir. Me gusta llamarla la parálisis que nace cuando se confunde «felicidad» con un «sofá/kanapa». Sí, creer que para ser feliz necesitamos un buen sofá. Un sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros. Un sofá —como los que hay ahora modernos con masajes adormecedores incluidos— que nos garantiza horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos y pasar horas frente a la computadora.
Un sofá contra todo tipo de dolores y temores. Un sofá que nos haga quedarnos en casa encerrados, sin fatigarnos ni preocuparnos. La «sofá-felicidad», «la kanapa-szcz??cie», es probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede perjudicar, la juventud. ¿Y por qué sucede esto Padre? Porque poco a poco, sin darnos cuenta, nos vamos quedando dormidos, nos vamos quedando embobados y atontados. Ayer hablaba de los jóvenes que se jubilan a los 20 años, hoy hablo de los jóvenes adormecidos, embobados, atontados.
Mientras otros —quizás los más vivos, pero no los más buenos— deciden el futuro por nosotros. Es cierto, para muchos es más fácil y beneficioso tener a jóvenes embobados y atontados que confunden felicidad con un sofá; para muchos eso les resulta más conveniente que tener jóvenes despiertos, inquietos respondiendo al sueño de Dios y a todas las aspiraciones del corazón.
Les pregunto a ustedes ¿Quieren ser jóvenes adormecidos, embobados, atontados? ¿Quieren que otros decidan el futuro por ustedes? ¿Quieren ser libres? ¿Quieren luchar por su futuro? No están muy convencidos, eh. ¿Quieren luchar por su futuro? (¡Sí!)
Pero la verdad es otra: queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a «vegetar», a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero que muy caro: perdemos la libertad. No somos libres para dejar una huella, perdemos la libertad. Este es el precio y hay mucha gente que quiere que los jóvenes no sean libres, que sigan atontados, embobados, adormecidos. Esto no puede ser, debemos defender nuestra libertad.
Ahí está precisamente una gran parálisis, cuando comenzamos a pensar que felicidad es sinónimo de comodidad, que ser feliz es andar por la vida dormido o narcotizado, que la única manera de ser feliz es ir como atontado. Es cierto que la droga hace mal, pero hay muchas otras drogas socialmente aceptadas que nos terminan volviendo tanto o más esclavos. Unas y otras nos despojan de nuestro mayor bien: la libertad. Nos despojan de la libertad.
Amigos, Jesús es el Señor del riesgo, el Señor del siempre «más allá». Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada actitud de misericordia.
Ir por los caminos siguiendo la «locura» de nuestro Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que está preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está solo. Ir por los caminos de nuestro Dios que nos invita a ser actores políticos, personas que piensan, movilizadores sociales.
Que nos incita a pensar una economía más solidaria. En todos los ámbitos en los que ustedes se encuentren, ese amor de Dios nos invita llevar la buena nueva, haciendo de la propia vida un homenaje a Él y a los demás. Y esto significa ser valiente, significa ser libres.
Podrán decirme: «Padre pero eso no es para todos, sólo es para algunos elegidos». Sí, es verdad, y estos elegidos son todos aquellos que estén dispuestos a compartir su vida con los demás. De la misma manera que el Espíritu Santo transformó el corazón de los discípulos el día de Pentecostés, estaban paralizados, lo hizo también con nuestros amigos que compartieron sus testimonios.
Uso tus palabras, Miguel, vos nos decías que el día que en la Facenda te encomendaron la responsabilidad de ayudar a que la casa funcionara mejor, ahí comenzaste a entender que Dios pedía algo de ti. Así comenzó la transformación.
Ese es el secreto, queridos amigos, que todos estamos llamados a experimentar. Dios espera algo de ti, ¿Han entendido? Dios quiere algo de ti, Dios te espera a ti. Dios viene a romper nuestras clausuras, viene a abrir las puertas de nuestras vidas, de nuestras visiones, de nuestras miradas. Dios viene a abrir todo aquello que te encierra. Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver que el mundo con vos puede ser distinto. Eso sí, si vos no ponés lo mejor de vos, el mundo no será distinto. Es un desafío.
El tiempo que hoy estamos viviendo, no necesita jóvenes-sofá, m?ody-kanapa, sino jóvenes con zapatos; mejor aún, con los botines puestos. Este tiempo sólo acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes. El mundo de hoy les pide que sean protagonistas de la historia porque la vida es linda siempre y cuando querramos vivirla, siempre y cuando querramos dejar una huella.
La historia hoy nos pide que defendamos nuestra dignidad y no dejemos que sean otros los que decidan nuestro futuro. No, nosotros debemos decidir nuestro futuro, ustedes el suyo. El Señor, al igual que en Pentecostés, quiere realizar uno de los mayores milagros que podamos experimentar: hacer que tus manos, mis manos, nuestras manos se transformen en signos de reconciliación, de comunión, de creación. Él quiere tus manos para seguir construyendo el mundo de hoy. Él quiere construirlo con vos. ¿Y tú qué cosa respondes? ¿Sí o no?
Me dirás, Padre, pero yo soy muy limitado, soy pecador, ¿qué puedo hacer? Cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: Él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al futuro, al mañana. Jesús te proyecta al horizonte, nunca al museo.
Por eso, amigos, hoy Jesús te invita, te llama a dejar tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia y la historia de tantos. La vida de hoy nos dice que es mucho más fácil fijar la atención en lo que nos divide, en lo que nos separa. Pretenden hacernos creer que encerrarnos es la mejor manera para protegernos de lo que nos hace mal. Hoy los adultos necesitamos de ustedes, que nos enseñen como ahora hacen ustedes, a convivir en la diversidad, en el diálogo, en compartir la multiculturalidad, no como una amenaza sino, como una oportunidad y ustedes son una oportunidad para el futuro: tengan valentía para enseñarnos que es más fácil construir puentes que levantar muros. Necesitamos aprender esto.
Y todos juntos pidamos que nos exijan transitar por los caminos de la fraternidad. Que sean ustedes nuestros acusadores si elegimos la vida de los muros, de la enemistad, de la guerra. Construir puentes: ¿Saben cuál es el primer puente a construir? Un puente que podemos realizarlo aquí y ahora: estrecharnos la mano, darnos la mano. Anímense, hagan ahora, aquí, ese puente primordial, y dénse la mano, todos ustedes. Es el gran puente fraterno, el modelo.
Siempre está el riesgo de quedarse con la mano tendida, pero en la vida es necesario arriesgarse, quien no se arriesga no gana. Estrechen sus manos, gracias.
Y ojalá aprendan a hacerlo los grandes de este mundo… pero no para la fotografía, sino para seguir construyendo puentes más y más grandes. Que éste puente humano sea semilla de tantos otros; será una huella.
Hoy Jesús, que es el camino, a ti, a ti, a ti, te llama a dejar tu huella en la historia. Él, que es la vida, te invita a dejar una huella que llene de vida tu historia y la de tantos otros. Él, que es la verdad, te invita a desandar los caminos del desencuentro, la división y el sinsentido. ¿Te animas? ¿Qué responden ahora, quiero ver tus manos y tus pies al Señor, que es camino, verdad y vida?
Que el Señor bendiga sus sueños, gracias.

sábado, 14 de diciembre de 2013

La humildad como verdad y como servicio en Francisco de Asís


Este viernes por la mañana, el papa Francisco asistió, junto a la Curia Romana, a la segunda predicación de Adviento en la Capilla Redemptoris Mater del Vaticano. Como en otras ocasiones, el sermón fue pronunciado por el predicador de la Casa Pontificia, padre Raniero Cantalamessa. El fraile capuchino tituló su reflexión de adviento en preparación a la Navidad: La humildad como verdad y como servicio en Francisco de Asís.
Segunda Predicación de Adviento
LA HUMILDAD COMO VERDAD Y COMO SERVICIO EN FRANCISCO DE ASÍS
1. Humildad objetiva y humildad subjetiva
Francisco de Asís, hemos visto la vez pasada, es la demostración viviente de que la reforma más útil de la Iglesia es la del camino de santidad, que consiste siempre en un valiente regreso al Evangelio y que debe comenzar por uno mismo.
En esta segunda meditación quisiera profundizar sobre un aspecto del regreso al Evangelio, una virtud de Francisco. Según Dante Alighieri, toda la gloria de Francisco depende de su“haberse hecho pequeño”,es decir de su humildad. ¿Pero en qué ha consistido laproverbialhumildad de san Francisco?
En todas las lenguas, a través de las cuales ha pasado la Biblia para llegar hasta nosotros, es decir en hebreo, en griego, en latín y en castellano, la palabra "humildad" tiene dos significados fundamentales: uno objetivo que indica bajeza, pequeñez o miseria de hecho y uno subjetivo que indica el sentimiento y el reconocimiento que se tiene de la propia pequeñez. Este último es lo que entendemos por virtud de la humildad.
Cuando en el Magníficat María dice: “Ha mirado la humildad (tapeinosis) de su sierva”, entiende humildad en el sentido objetivo, ¡no subjetivo! Por esto muy oportunamente en distintas leguas, por ejemplo en alemán, el término es traducido por “pequeñez” (Niedrigkeit). ¿Cómo se puede imaginar, además, que María exalta su humildad y atribuya a ésta la elección de Dios, sin, con eso mismo, destruir la humildad de María? Y también a veces se ha escrito incautamente que María noatribuye a si misma ninguna otra virtud si no la de la humildad, como sí, de tal modo, se hiciese un gran honor, y no un gran mal a tal virtud.
La virtud de la humildad tiene un estatuto especial: la tienequien no cree tenerla, no la tiene quien cree tenerla. Solo Jesús puede declararse “humilde de corazón” y serlo verdaderamente; esta, veremos, es la única e irrepetible característica de la humildad del hombre-Dios. Por tanto, ¿María no tenía la virtud de la humildad? Claro que la tenía y en el grado más alto, pero esto lo sabía solo Dios, ella no. Precisamente esto es lo queconstituye el mérito inigualable de la verdadera humildad: que su perfume es percibido solo por Dios, no por quien lo emana. San Bernardo escribió: “El verdadero humilde quiere ser considerado vil, non proclamado humilde”i. Las Florecillas refieren en relación con esto un episodio significativo, y en el fondo, ciertamente histórico.
Un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo cuasi bromeando: “¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?” “¿Qué quieres decir con eso?”, repuso San Francisco. Y el hermano Maseo: "Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?". Al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, […], se dirigió al hermano Maseo y le dijo: ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo”ii.
2. La humildad como verdad
La humildad de Francisco tiene dos fuentes de iluminación, una de naturaleza teológica y una de naturaleza cristológica. Reflexionamos sobre la primera. En la Biblia encontramos actos de humildad que no salen del hombre, de la consideración de la propia miseria o del propio pecado, sino que tienen como única razón Dios y su santidad. Tal es la exclamación de Isaías “Soy un hombre de labios impuros”, frente a la manifestación imprevista de la gloria y de la santidad de Dios en el templo(Is 6, 5 s); tal es también el grito de Pedro después de la pesca milagrosa: “¡Aléjate de mí que soy un pecador!” (Lc 5,8).
Estamos delante de la humildad esencial, la de la criatura que toma conciencia de sí delante de Dios. Hasta que la persona se mide con sí mismo, con los otros o con la sociedad, no tendrá nunca la idea exacta de lo que es; le falta la medida. “¡Qué acento infinito, ha escrito Kierkegaard, cae sobre el yo en el momento en el que obtiene como medida a Dios”iii. Francisco poseía de forma eminente esta humildad. Una máxima que repetía a menudo era: “Lo que un hombre es delante de Dios, eso es, nada más”iv.
Las Florecillas cuentan que una noche, el hermano León quería espiar de lejos lo que hacía Francisco durante su oración nocturna en el bosque deLaVerna y de lejos le oía murmurar largo rato algunas palabras. El día siguiente el santo lo llamó, y después de reprenderlo amablemente por haber desobedecido su orden, le reveló el contenido de su oración:
“Sepas, fray Ovejuela de Dios, que cuando yo hablaba lo que oíste, me eran manifestadas dos luces: la del propio conocimiento y la del conocimiento del Creador. Cuando yo decía: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?», en la luz de la contemplación veía el abismo de la infinita bondad y sabiduría y potencia de Dios, y cuando decía: «¿Qué soy yo?», era en la luz de la contemplación con la cual veía el profundo valle lacrimoso de mivileza y miseria”v.
Era eso que pedía a Dios san Agustín y que consideraba la suma de toda la sabiduría: “Noverim me, noverim te. Que yo me conozca a mí y que yo te conozca a ti; que yo me conozca a mí por humillarme y que yo te conozca a ti por amarte”vi.
El episodio del hermano León está ciertamente adornado, como siempre en las Florecillas, pero el contenido corresponde perfectamente a la idea que Francisco tenía de sí y de Dios. Es una prueba el inicio del cántico de las criaturas con la distancia infinita que pone entre Dios “altísimo, omnipotente, buen Señor, a quien se debe la alabanza, la gloria, el honor y la bendición” y el mísero moral que no es digno ni siquiera de "nombrar"a Dios, es decir, de pronunciar su nombre.
En esta luz, que he llamado teológica, la humildad nos aparece esencialmente como verdad. “Me preguntaba un día, escribió santa Teresa de Ávila, por qué motivo el Señor ama tanto la humildad y me vinoen mente de improviso, sin ninguna reflexión mía, que debe ser porqué él es suma de Verdad y la humildad es verdad”vii.
Es una luz que no humilla, sino al contrario, da alegría inmensa y exalta. Ser humilde de hecho no significa estar descontentos de sí y tampoco reconocer la propia miseriay lapropia pequeñez.Es mirar a Dios antes que a sí mismo y medir el abismo que separa el finito del infinito. Más se da uno cuenta de esto, más se hace humilde. Por tanto, se comienza a regocijar de la nada, ya que es gracias a esto que se puede ofrecer a Dios un rostro cuya pequeñez y cuya miseria ha fascinado desde la eternidad el corazón de la Trinidad.
Una gran discípula del Pobrecillo, que papa Francisco ha proclamado santa hace poco, Angela da Foligno, cercana a la muerte exclamó: “¡Oh nada desconocida, oh nada desconocida! El alma no puede tener una visión mejor en este mundo que contemplar la propia nada y vivir en ésta como en la celda de una cárcel”viii.Hay un secreto en este consejo, una verdad quese aprende por experiencia. Se descubre entonces que existe de verdad esa celda y que se puede entrar realmente cada vez que se quiera. Ésta consiste en el sentimiento quieto y tranquilo de ser una nada delante de Dios, ¡pero una nada amada por él!
Cuando se está dentro de la celda de esta cárcel luminosa, no se ven más los defectos del prójimo, o se ven con otra luz. Se entiende que es posible, con la gracia y con el ejercicio, realizar lo que dice el Apóstol y que parece, a primera vista, excesivo esdecir“considerar a todoslosotros superiores a sí” (cf Fil 2, 3), o al menos se entiende cómo esto puede haber sido posible para los santos.
Cerrarse en esta cárcel es diferente a cerrarse en sí mismo; es, sin embargo, abrirse a los otros, al ser, a la objetividad de las cosas. El contrario de lo que siempre han pensado los enemigos de la humildad cristiana. Es cerrarse al egoísmo, no en el egoísmo. Es la victoria sobre uno de los males que también la psicología moderna juzga fatal para la persona humana: el narcisismo. En esa celda, además, no penetra el enemigo. Un día, Antonio el Grande tuvo una visión; vio, en un momento, todos los lazos infinitos del enemigo en el suelo y dijo gimiendo: “¿Quién podrá evitar todos estos lazos? y escuchó una voz responderle: “¡Antonio, la humildad!”ix. “Nada, escribió el autor de la Imitación de Cristo, conseguirá hacer exaltarse a aquel que está fijado firmemente en Dios”x.
3. La humildad como servicio de amor
Hemos hablado de la humildad como verdad de la creatura delante de Dios. Paradojalmente lo que entretanto llena más de estupor el alma de Francisco no es la grandeza de Dios, pero su humildad. En las Laudi di Dio Altissimo que se conservan escritas por su puño en Asís, entre las perfecciones de Dios - “Tú eres santo. Tú eres fuerte. Tú eres trino y uno. Tu eres amor, caridad. Tu eres sabiduría...”, en un cierto momento Francisco añade una insólita: “Tú eres humildad”. No es un título puesto por equivocación. Francisco ha aferrado una verdad profundísima sobre Dios que debería de llenarnos también a nosotros de estupor.
Dios es humildad porque es amor. Delante de las creaturas humanas, Dios se encuentra desprovisto de cualquierposibilidadno solamente constrictiva, pero también defensiva. Si los seres humanos eligen, como han hecho, rechazar su amor, él no puede intervenir autoritariamente para imponerse a ellos. No puede hacer otra cosa que respetar el libre arbitrio de los hombres.Los hombres podránrechazarlo, eliminarlo: él no se defenderá, dejará hacer. O mejor, su manera de defenderse y de defender a los hombres contra su mismo aniquilamiento será la de amar nuevamente y siempre, eternamente. El amor crea por su naturaleza dependencia y la dependencia la humildad. Así es también, misteriosamente, en Dios.
El amor nos da por lo tanto la llave para entender la humildad de Dios: se necesita poca potencia para ponerse en muestra, en cambio se necesita mucha para ponerse a un lado, para borrarse. Dios es esta ilimitada potencia de esconderse de sí y como tal se revela en la encarnación. La manifestación visible de la humildad de Dios es posible tenerla contemplando a Cristo que se pone de rodillas delante a sus discípulos para lavarle los pies -y podemos imaginarlos que esos pies estaban sucios- y aún más cuando reducido a la más radical impotencia en la cruz, sigue amando sin nunca condenar.
Francisco ha acogido este nexo estrecho entre la humildad de Dios y la encarnación. Veamos aquí algunas desus palabras de fuego:
“Cada día él se humilla, como cuando de su sede real descendió en el vientre de la Virgen; cada día él mismo viene hacia nosotros en apariencia humilde; cada día desciende del seno del Padre en el altar, en las manos del sacerdote”xi.
“Oh humildad sublime. Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, así se humille hasta esconderse por nuestra salvación, bajo la poca apariencia del pan. Miren hermanos, la humildad de Dios, y abran delante de él su corazón”xii.
Hemos descubierto así el segundo motivo de la humildad de Francisco: el ejemplo de Cristo. Es el mismo motivo que Pablo indicaba a los Filipenses cuando les recomendaba de tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús que se “humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la cruz” (Fil 2, 5.8). Antes de Pablo había sido Jesús personalmente a invitar a los discípulos a imitar su humildad: “Aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón”” (Mt 11, 29).
¿En qué, nos podríamos interrogar, Jesús nos dice que imitemos su humildad? ¿En qué fue humilde Jesús?Leyendolos evangelios, no encontramos nunca ni siquiera la mínima admisión de culpa sobre la boca de Jesús, ni siquiera cuando conversa con el Padre. Esta es una de las pruebas más escondidas, mismo de las que más convencen, sobre la divinidad de Cristo y de la absoluta unicidad de su conciencia. En ningún santo, en ningún grande de la historia y en ningún fundador de religión, se encuentra una tal conciencia de inocencia”.
Todos reconocen, más o menos de haber cometido algún error y de tener alguna cosa de la cual hacerse perdonar, al menos de Dios. Gandhi, por ejemplo, tenía una conciencia muy aguda de haber, en algunas ocasiones, tomado posiciones equivocadas; tenía también sus remordimientos. Jesús nunca. Él puede decir dirigiéndose a sus adversarios: “¿Quién de ustedes me puede convencer del pecado?”. (Jn 8, 46). Jesús proclama de ser “Maestro y Señor” (cfr Jn 13, 13), de ser más que Abraham, que Moisés, que Jonás, que Salomón. Dónde está por lo tanto la humildad del Señor, para poder decir: “¿Aprenden de mi que soy humilde?
Aquí descubrimos una cosa importante. La humildad no consiste principalmente en ser pequeños, porque se puede ser pequeños sin ser humildes; no consiste principalmente en sentirse pequeños, porque uno pude sentirse pequeño y serlo realmente y esta sería objetividad, pero no aún humildad; sin tomar en cuenta que además el sentirse pequeño e insignificante puede nacer también por un complejo de inferioridad y llevar al replegarse sobre sí mismo y a la desesperación en vez que llevar a la humildad. Por lo tanto la humildad para sí, en el grado más perfecto no está en el ser pequeños, ni en el sentirse pequeños, ni en proclamarse pequeños. Está en el hacerse pequeño y no por cualquier necesidad o utilidad personal, sino por amor, para “elevar” a los demás.
Así fue la humildad de Jesús; él se hizo tan pequeño de “anularse” incluso por nosotros. La humildad de Jesús es la humildad que baja desde Dios y que tiene su modelo supremo en Dios, no en el hombre. En la posición en la cual se encuentra, Dios no puede “elevarse”; nada existe encima de él. Si Dios sale de si mismo y hace algo fuera de la Trinidad, esto no podrá ser que un rebajarse y un hacerse pequeño; no podrá ser, en otras palabras, que humildad, o como decíanalgunos Padres griegos, synkatabasis, o sea condescendencia.
San Francisco hace de la “hermana agua” el símbolo de la humildad, definiéndola “útil, humilde, preciosa y casta”. El agua de hecho nunca se “levanta”, nunca “asciende”, pero “desciende” hasta que llega al punto más bajo.Elvapor sube y por lo tanto es el símbolo tradicional del orgullo y de la vanidad: el agua desciende y por lo tanto es el símbolo de la humildad.
Ahora sabemos qué quiere decir la palabra de Jesús: “Aprendan de mi que soy humildad”. Es una invitación a hacernos pequeños por amor, a lavar como él los pies de los hermanos. En Jesús vemos además la seriedad de esta opción. No se trata de hecho de descender y hacerse pequeño cada tanto, como un rey que en su generosidad cata tanto se digna de descender entre el pueblo y quizás servirlo en alguna cosa. Jesús se hace “pequeño”, como “se hace carne”, o sea establemente, hasta el fondo. Eligió pertenecer a la categoría de los pequeños y de los humildes.
Este nuevo rostro de la humildad se resume en una palabra: servicio: Un día -se lee en el Evangelio- los discípulos habían discutido entre ellos quien era “el más grande”. Entonces Jesús “habiéndose sentado” -como para dar mayor solemnidad a la lección que estaba por impartir- llamó a sí a los doce y les dijo: “Si uno quiere ser el primero sea elúltimo”. Pero después explica en seguida que entiende por 'último': que sea el 'siervo' de todos. La humildad proclamada por Jesús es por lo tanto servicio. En el Evangelio de Mateo, esta lección de Jesús es acompañada por un ejemplo: “Justamente, como el Hijo del hombre que no vinopara ser servido sino para servir” (Mt 20, 28).
4. Una Iglesia humilde
Alguna consideración práctica sobre la virtud de la humildad, tomada en todas sus manifestaciones, tanto respecto a Dios como respecto a los hombres. No debemos ilusionarnos de haber alcanzado la humildad solamente porque la palabra de Dios nos ha conducido a descubrir nuestra nada y nos ha mostrado que tiene que traducirse en servicio fraterno. En qué punto nos encontramos en materia de humildad, se ve cuando la iniciativa pasa de nosotros a los otros, o sea cuando no somos más nosotros a reconocer nuestros defectos y equivocaciones, pero son los otros a hacerlo, cuando no somos solamente capaces de decirnos la verdad, pero también de dejar que nos la digan, de buen grado,losotros. Antes de reconocerse delante a frayMaseocomo el más vil de los hombres, Francisco había aceptado en buena medida y por mucho tiempo, las mofas, considerado por amigos y parientes y por todo el pueblo de Asís como un ingrato, un exaltado, uno que no habría logrado hacer nada bueno durante su vida.
A qué punto estamos en la lucha contra el orgullo, se ve, en otras palabras, de acuerdo a como reaccionamos externamente o internamente cuando nos contradicen, corrigen, critican, o nos dejan aparte. Pretender asesinar el propio orgullo golpeándolo nosotros solos, sin que nadie intervenga desde el exterior, es como usar el propio brazo para castigarse uno mismo:nunca hará verdaderamente mal a sí mismo. Es como si un médico quisiera extirparse un tumor por si mismo.
Cuando yo busco que un hombre me de gloria por algo que digo o hago, es casi seguro que aquel que tengo delante busca recibir gloria de mi parte, por como escucha y por como él responde. Y así sucede que cada uno busca la propia gloria y nadie la obtiene para sí, y si acaso la obtiene no es que 'vanagloria', o sea gloria vacía, destinada a disolverse en humo como la muerte. Pero el efecto es igualmente terrible; Jesús atribuía a la búsqueda de la propia gloria incluso la imposibilidad de creer. Le decía a los fariseos: “¿Cómo pueden creer ustedes que pretenden la gloria uno de los otros y no buscan la gloria que viene solamente de Dios?”. (Jn 5, 44).
Cuando nos encontramos involucrados en pensamientos y aspiraciones de gloria humana, lancemos en la pelea de tales pensamientos, como una antorcha ardiente, la palabra que Jesús mismo usó y que nos dejó a nosotros: “Yo no busco mi gloria” (Jn 8, 50). La de la humildad es una lucha que dura toda la vida y se extiende a cada aspecto de ella. El orgullo es capaz de nutrirse sea del mal que del bien; peor aún, al contrario de lo que sucede con los otros vicios, el bien, no el mal, es el terreno de cultivo preferido por este terrible “virus”.
Escribe con argucia el filosofo Pascal:
“La vanidad tiene raíces tan profundas en el corazón del hombre que un soldado, un siervo de milicias, un cocinero, un cargador, se enorgullece y pretende tener sus admiradores, y los mismos filósofos los quieren. Y los que escriben contra la vanagloria aspiran a la vanagloria de haber escrito bien, y quienes leen a la vanagloria de haberlos leídos; y yo que escribo esto nutro quizás el mismo deseo; y quienes me leerán quizás también”xiii.
Para que el hombre no se “suba en soberbia”, Dios lo fija al piso con una especie de ancla; le pone al lado como a san Pablo un “mensajero de satanás que lo abofetea”, “una espina en la carne” (2 Cor 12,7). No sabemos exactamente que era para el apóstol esta “espina en la carne”, ¡pero sabemos bien lo que es para nosotros! Cada uno que quiere seguir al Señor y servir a la Iglesia la tiene. Son situaciones humillantes de las cuales uno es llamado constantemente, a veces noche y día, a la dura realidad de lo que somos. Puede ser un defecto, una enfermedad, una debilidad, una impotencia, que el Señor nos deja, a pesar de todas las súplicas; una tentación persistente y humillante, quizás justamente tentación de soberbia; una persona con la que uno está obligado a vivir y que, a pesar de la rectitud de ambas partes, tiene el poder de poner al desnudo nuestra fragilidad, de demoler nuestra presunción.
Pero la humildad no es sólo una virtud privada. Hay una humildad que tiene que resplandecer en la Iglesia como institución y pueblo de Dios. Si Dios es humildad, también la Iglesia tiene que ser humildad; si Cristo ha servido, también la Iglesia debe servir, y servir por amor. Durante demasiado tiempo la Iglesia, en su conjunto, ha representado ante el mundo la verdad de Cristo, pero quizás no demasiado la humildad de Cristo. Y sin embargo, es con ésta, mejor que con cualquier apologética, con la que se aplacan lashostilidades y los prejuicios en su contra y se allana la vía para la acogida del Evangelio.
Hay un episodio de Los novios de Manzoni que contiene una profunda verdad psicológica y evangélica. El capuchino Fray Cristobal, terminado el noviciado, decide pedir perdón públicamente a los parientes del hombre que, antes de hacerse fraile, ha matado en un duelo. La familia se despliega en fila, formando una especie de horcas caudinas, de manera que el gesto resulte lo más humillante posible para el fraile y de mayor satisfacción para el orgullo de la familia. Pero cuando ven al joven fraile avanzar con la cabeza inclinada, arrodillarse ante el hermano del muerto y pedir perdón, cede la arrogancia, son ellos los que se sienten confundidos y los que piden perdón, hasta que al final todos se apiñan para besarle la mano y encomendarse a sus oracionesxiv. Son los milagros de la humildad.
En el profeta Sofonías, dice Dios: “Y dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.Esta palabra todavía es actual y quizás de ella dependa también el éxito de la evangelización en la que está involucrada la Iglesia.
Ahora soy yo el que, antes de terminar, me tengo que recordar a mi mismo una máxima querida por san Francisco. Él solía repetir: “El emperador Carlos, Rolando, Oliverio y todos los esforzados caballeros consiguieron una gloriosa y memorable victoria… En cambio, ahora hay muchos que pretenden honra y gloria con sólo contar las hazañas que ellos hicieron”xv. Utilizaba este ejemplo para decir que los santos han practicado las virtudes y otros buscan la gloria con sólo contarlasxvi.
Para no ser también uno de ellos, me esfuerzo por poner en práctica el consejo que daba un antiguo Padre del desierto, Isaac de Nínive, a aquel que se ve obligado por el deber a hablar de cosas espirituales que aún no ha alcanzado con su vida: “Habla de ellas, decía, como uno que pertenece a la clase de los discípulos y no con autoridad, tras haber humillado tu alma y haberte hecho más pequeño que cada uno de tus oyentes”. Con este espíritu, Santo Padre, Venerables Padres, hermanos y hermanas, he osado hablarles de humildad.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Papa Francisco: "El cuerpo de cada uno es resonancia de eternidad y debe ser respetado"

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En la pasada audiencia general de los miércoles y ante unos 30 mil peregrinos en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco continuó su catequesis con el tema de la semana pasada: "la resurrección de la carne". 
"Esto -comenzó Francisco en medio del intenso frío- no es fácil de entender, estando inmersos en este mundo, pero el Evangelio nos lo aclara: el que Jesús haya resucitado es la prueba de que la resurrección de los muertos existe. Y la fe en Dios, creador y liberador de todo el hombre –alma y cuerpo–, abre el camino a la esperanza de la resurrección".
A continuación, el texto completo de la catequesis de hoy:
Hoy vuelvo de nuevo sobre la afirmación: "Creo en la resurrección de la carne". Se trata de una verdad que no es sencilla y nada obvia, porque, viviendo inmersos en este mundo, no es fácil comprender la realidad futura. Pero el Evangelio nos ilumina: nuestra resurrección está estrechamente vinculada a la resurrección de Jesús; el hecho de que Él esté resucitado es la prueba de que existe la resurrección de los muertos.
Quisiera entonces, presentar algunos aspectos que relacionan la resurrección de Cristo y nuestra resurrección. Él ha resucitado y así, nosotros también resucitaremos.
Antes que nada, la misma Sagrada Escritura contiene un camino hacia la fe plena en la resurrección de los muertos. Esta se expresa como fe en Dios creador de todo hombre, alma y cuerpo, y como fe en Dios liberador, el Dios fiel a la Alianza con su pueblo. El profeta Ezequiel, en una visión, contempla los sepulcros de los deportados que se vuelven a abrir y los huesos secos que reviven gracias a la acción de un espíritu vivificante. Esta visión expresa la esperanza en la futura "resurrección de Israel", es decir en el renacimiento del pueblo derrotado y humillado (cf. Ez 37,1-14).
Jesús, en el Nuevo Testamento, lleva a su cumplimiento esta revelación, y vincula la fe en la resurrección a su misma persona: "Yo soy la Resurrección y la Vida" (Jn 11,25). De hecho, será Jesús el Señor el que resucitará en el último día a todos los que hayan creído en Él. Jesús vino entre nosotros, se hizo hombre como nosotros en todo, menos en el pecado; de este modo nos ha tomado consigo en su camino de vuelta al Padre. Él, el Verbo Encarnado, muerto por nosotros y resucitado, da a sus discípulos el Espíritu Santo como un anticipo de la plena comunión en su Reino glorioso, que esperamos vigilantes.
Esta espera es la fuente y la razón de nuestra esperanza: una esperanza que, cultivada y custodiada, se convierte en luz para iluminar nuestra historia personal y comunitaria. Recordémoslo siempre: somos discípulos de Él que ha venido, viene cada día y vendrá al final. Si conseguimos tener más presente esta realidad, estaremos menos cansados en nuestro día a día, menos prisioneros de lo efímero y más dispuestos a caminar con corazón misericordioso en la vía de la salvación.
Un segundo aspecto: ¿qué significa resucitar? La resurrección, la resurrección de todos nosotros... Sucederá en el último día, al final del mundo, por obra de la omnipotencia de Dios, que restituirá la vida a nuestro cuerpo reuniéndolo con el alma, por la resurrección de Jesús. Esta es la explicación fundamental: porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos. Tenemos esperanza en la resurrección porque Él nos ha abierto la puerta, nos ha abierto la puerta a la resurrección.
Esta transformación en espera, en camino a la resurrección, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida mediante el encuentro con Cristo Resucitado en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Nosotros que en esta vida nos nutrimos de su Cuerpo y de su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él.
Como Jesús resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Esto no es mentira, ¿eh? ¡Esto es verdad! Nosotros creemos que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo en este momento. ¿Creéis que Jesús está vivo, que está vivo? ¡Ah, no creéis! ¿Creéis o no creéis? Y si Jesús está vivo, ¿pensáis que Jesús nos dejará morir y nunca nos resucitará? ¡No! ¡Él nos espera! Y como Él está resucitado, la fuerza de su resurrección nos resucitará a nosotros.
Ya en esta vida nosotros participamos de la resurrección de Cristo. Si es verdad que Jesús nos resucitará al final de los tiempos, es también verdad que, en un aspecto, ya estamos resucitados con Él. ¡La Vida Eterna comienza ya en este momento! Comienza durante toda la vida hacia aquel momento de la resurrección final ¡Ya estamos resucitados!
De hecho, mediante el Bautismo, estamos insertos en la muerte y resurrección de Cristo y participamos de una vida nueva, es decir la vida del Resucitado. Por tanto, en la espera de este último día, tenemos en nosotros una semilla de resurrección, como anticipo de la resurrección plena que recibiremos en herencia.
Por eso también el cuerpo de cada uno es resonancia de eternidad, por tanto ha de ser respetado siempre; y sobre todo debe ser respetada y amada la vida de todos los que sufren, para que sientan la cercanía del Reino de Dios, de esa condición de vida eterna hacia la que caminamos. Este pensamiento nos da esperanza.
Estamos en camino hacia la resurrección. Esta es nuestra alegría: un día encontrar a Jesús, encontrar a Jesús todos juntos. Todos juntos, no aquí en la Plaza, en otra parte, pero alegres con Jesús. Y este es nuestro destino.

jueves, 31 de octubre de 2013

Fotos de la peregrinación de Madrid a la Jornada por la Familias en Roma

Con motivo de la peregrinación de familias de Madrid a Roma por la Jornada de la Familia por Año de la Fe, un grupo de familias y matrimonios del MFC de Madrid pudo celebrar y disfrutar de este gran acontecimiento de fe en familia. Ofrecemos algunas de las mejores imágenes para que podamos compartir estos momentos de universalidad eclesial.


Con el cardenal Rouco en la misa de inicio de la peregrinación de Madrid a Roma, donde nuestros presidentes diocesanos pudieron saludar con nuestro obispo.



Con Don Javier Cuevas, Vicario de la VIII y gran admirador del blog.


 La plaza de San Pedro fue un mosaico multicolor con los globos el sábado en un ambiente festivo y familiar con 150.000 personas



El Papa hizo todo lo posible para que pudieran verle las miles de personas que asistieron a las celebraciones con muestras de cercanía y cariño.




 El icono que acompaña a las Jornadas Mundiales de las familias, con la sagrada familia y los abuelos de Jesús.

 Algunos bellos momentos de la Eucaristía del domingo con 200.000 personas asistiendo a la celebración. Allí el Papa nos pidió una evaluación de la alegría de nuestras familias y de la unión de todos sus miembros en la oración y en el rosario.





lunes, 5 de agosto de 2013

El Papa en el Ángelus: los jóvenes no siguen al Papa, siguen a Jesucristo, llevando su Cruz

«La verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos» expresó explicando que el evangelio de este domingo «advierte propiamente sobre el absurdo de basar la propia felicidad sobre el tener»
El obispo de Roma enmarcó su reflexión en la maravillosa experiencia vivida en Brasil con la JMJ, a la que calificó como «una nueva etapa en la peregrinación de los jóvenes a través de los continentes con la cruz de Cristo».
«Las JMJ no son ‘fuegos de artificio’, sino etapas de un largo camino», constató el Sucesor de Pedro. «Los jóvenes no siguen al Papa, siguen a Jesucristo llevando su cruz. Y el Papa los guía y los acompaña en este camino de fe y de esperanza».
Después de agradecer y pedir al Señor que recompense a todos los que han trabajado para esta gran fiesta de la fe y el encuentro con el pueblo y los pastores, el Obispo de Roma pidió rezar para que los jóvenes que participaron de la JMJ, puedan traducir esta experiencia en su camino cotidiano, en el comportamiento de todos los días y que puedan traducirlo también en elecciones importantes de vida, respondiendo a la llamada personal del Señor.

Texto completo

Queridos hermanos y hermanas,
El pasado domingo estaba en Río de Janeiro. Se concluía la Santa Misa y la Jornada Mundial de la Juventud. Pienso que todos juntos tenemos que dar gracias al Señor por el gran don que ha sido este evento, para el Brasil, para América Latina y para el mundo entero. Ha sido una etapa en la peregrinación de los jóvenes a través de los continentes con la Cruz de Cristo. Nunca tenemos que olvidar que las Jornadas Mundiales de la Juventud no son «fuegos de artificio», finalizados en sí mismo; son etapas de un largo camino, iniciado en 1985, por iniciativa del Papa Juan Pablo II. Él confió a los jóvenes la Cruz y dijo: vayan y yo iré con ustedes! Y así fue; y esta peregrinación de los jóvenes continuó con el Papa Benedicto, y gracias a Dios también yo he podido vivir esta maravillosa etapa en Brasil. Recordemos siempre: los jóvenes no siguen al Papa, siguen a Jesucristo, llevando su Cruz. Y el Papa los guía y acompaña en este camino de fe y de esperanza. Agradezco por esto a todos los jóvenes que han participado, incluso con sacrificios. Y agradezco al Señor también por los otros encuentros que tuve con los Pastores y el pueblo de aquel gran País que es el Brasil, como también con las autoridades y los voluntarios. El Señor recompense a todos aquellos que han trabajado para esta gran fiesta de la fe.
También quiero subrayar mi gratitud; muchas gracias a los brasileños, buena gente la del Brasil, un pueblo de gran corazón, no me olvido de su calurosa bienvenida, de sus saludos, de sus miradas, tanta alegría, un pueblo generoso, pido al Señor los bendiga tanto.
Quisiera pedirles que recen conmigo para que los jóvenes que han participado en la Jornada Mundial de la Juventud puedan traducir esta experiencia en su camino cotidiano, en los comportamientos de todos los días; y que puedan traducirlo también en elecciones importantes de vida, respondiendo a la llamada personal del Señor. Hoy en la liturgia resuena la palabra provocante de Qoèlet: «Vanidad de vanidades… todo es vanidad» (1,2). Los jóvenes son particularmente sensibles al vacío de significado y de valores que a menudo los circunda. Y lamentablemente pagan las consecuencias. En cambio, el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, llena el corazón de alegría, porque lo llena de vida verdadera, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita: lo hemos visto en los rostros de los chicos de Río. Pero esta experiencia tiene que afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestra sociedad basada en el beneficio y en el tener, que ilusionan a los jóvenes con el consumismo. El Evangelio de este domingo nos advierte justamente sobre el absurdo de basar la propia felicidad sobre el tener. El rico se dice a sí mismo: «Alma mía, tienes bienes almacenados… descansa, come, bebe y date buena vida. Pero Dios le dice: Necio esta misma noche morirás. Y aquello que has acumulado ¿para quién será?» (cfr Lc 12,19-20).
Queridos hermanos y hermanas la verdadera riqueza es el amor de Dios, compartido con los hermanos. Aquel amor que viene de Dios y hace que nosotros lo compartamos con nosotros; y nos ayudemos entre nosotros. El que hace la experiencia no teme la muerte y recibe la paz del corazón. Confiemos esta intención, esta intención de recibir el amor de Dios y compartirlo con los hermanos, a la intercesión de la Virgen María.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,
Los saludo a todos y les agradezco su presencia, a pesar del calor.
Estoy contento de saludarlos, en particular a algunos grupos juveniles: la Juventud Carmelitana de Croacia, los jóvenes de Sandón y Fossò, diócesis de Verona; a los de Mozzanica, diócesis de Cremona; aquellos de Moncalieri, que han hecho parte del camino a pie, y a los de Bérgamo, que han venido en bicicleta. ¡Gracias a todos!
Pero hay tantos jóvenes en la plaza, ¡esto parece Río de Janeiro!
Querría garantizar un recuerdo especial a los párrocos y a todos los sacerdotes del mundo, porque hoy se recuerda su patrono, San Juan María Vianney. Queridos hermanos, estamos unidos en la oración y en la caridad pastoral.
Mañana los romanos recordamos nuestra Madre, la Salus Populi Romani. Pidámosle a ella que nos custodie y ahora todos juntos la saludamos con un Ave María, todos

lunes, 29 de julio de 2013

La JMJ de Cracovia 2016 ya tiene web oficial y está en redes sociales


Ya se puede visitar la página web oficial de la próxima JMJ que tendrá lugar en Cracovia (Polonia) en el año 2016, como ha anunciado hoy el papa Francisco a la conclusión de la JMJ de Río de Janeiro.

El dominio es http://www.krakow2016.com/es/ y se puede seguir en Twitter en @Krakow2016

Es la JMJ con este servicio más rápido de la historia, muestra de que cada vez se comprende mejor dónde desarrollan los jóvenes buena parte de su tiempo. La de Madrid tardó más de año y medio y la de Río unos meses, por poner ejemplos de las dos últimas.

También está creada ya la página de Facebook, Google+, Ask, Timblr y canal de Youtube. 


Incluye además las primeras noticias con el anuncio de la JMJ, la historia de las JMJs, todo un especial sobre el beato Juan Pablo II, una guía sobre la ciudad, saludo de su arzobispo...

domingo, 28 de julio de 2013

Próxima JMJ: Cracovia 2016

Cracovia 2016: el esperadísimo anuncio de la próxima Jornada Mundial de la Juventud lo hizo el Papa Francisco durante el rezo del Ángelus, nada más terminar la Misa de clausura en la playa de Copacabana. Una Jornada que, previsiblemente, se celebrará bajo el patrocinio del ya santo Juan Pablo II.
 
Será en el 25 aniversario de la que convocó el papa polaco muy cerquita, en el Santuario de la Virgen Negra de Czestochowa, en 1991, la JMJ en la que por primera vez se superó el millón de participantes (1,5 millones), y que supuso una eclosión de la Iglesia en los países del recientemente derrumbado Telón de Acero.
 
El Papa Francisco dio las gracias a los jóvenes por “todas las alegrías que me han dado en estos días. Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón”. Quiso, antes de despedirse, proponer a la Virgen María como modelo de discípulo: “ella, aun sin comprender del todo el significado de aquella llamada, se fió de Dios”, pero también “no se quedó con aquel don; marchó, salió de su casa”, se “puso al servicio”.
 
“Pidamos a la Virgen que nos ayude también a nosotros a llevar la alegría de Cristo a nuestros familiares, compañeros, amigos, a todos. No tengan nunca miedo de ser generosos con Cristo. ¡Vale la pena! Salgan y vayan con valentía y generosidad, para que todos los hombres y mujeres encuentren al Señor”.