jueves, 8 de mayo de 2014

Cardenal De Paolis, sobre divorciados vueltos a casar y Eucaristía:

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«Situación de pecado y comunión eucarística están en oposición»
El cardenal cardenal Velasio De Paolis, Presidente emérito de la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede, ha pronunciado recientemente en Italia una conferencia sobre Los divorciados vueltos a casar y los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia. Afirma, entre otras cosas, que «el acceder a la Eucaristía en estado de pecado grave contrasta con la naturaleza misma de la comunión»; y que «situación de pecado y comunión eucarística están en neto contraste y oposición». La conferencia la ha recogido el blog Que no te la cuenten, del padre Javier Olivera Ravasi, en una traducción del padre José Ansaldi, que, por tratarse de un texto extenso, ha ofrecido una selección del mismo para presentar, al final, la conferencia completa
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«Los divorciados vueltos a casar y los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia»
Cardenal Velasio De Paolis
Primera Parte: Introducción general al tema
1. Situación de crisis de la familia y de la sociedad
El matrimonio y la familia son el corazón de la vida de la sociedad y de la Iglesia, para la cual la familia es iglesia doméstica. Se trata de instituciones que están en una profunda crisis. La denuncia se remonta a tiempos lejanos, pero hoy es patente a todos. Preocupa especialmente a la Iglesia, que desde hace tiempo se mueve y se agita para contener la deriva tanto del matrimonio como de la familia. Los documentos al respecto, particularmente a partir del Vaticano II, son numerosos. La Santa Sede ha creado incluso instituciones especiales como el Pontificio Consejo para la Familia[2], y ha dado vida a muchas instituciones para la protección y promoción de la familia. No parece que ella haya recogido frutos relevantes. La situación ha ido degradándose siempre más: los divorcios han aumentado, y las situaciones de los divorciados civilmente y vueltos a casar estimulan el afán de los pastores por encontrar y dar la respuesta a las preguntas que las parejas interesadas les hacen; incluso parecería que los matrimonios tienden a desaparecer del todo, aumentando las convivencias libres y sin compromiso. Por no hablar también de las uniones homosexuales. Pero la crisis del matrimonio y de la familia son síntoma de una crisis todavía más profunda en la sociedad. Cuando se quiebran las columnas que sostienen la casa, significa que la misma casa está por colapsar. La crisis del matrimonio y de la familia, reenvían a una crisis todavía más profunda, aquella de la sociedad.
2. Tema de un sínodo de obispos: focalización sobre la situación de los divorciados vueltos a casar y su admisión a los sacramentos
El problema es tan preocupante que se creyó necesario proyectar un nuevo sínodo sobre el matrimonio y sobre la familia, haciéndolo preceder por una amplísima encuesta, en la cual todo parece ser puesto bajo signos de preguntas y en discusión. El tema ha sido de algún modo anticipado en el Consistorio de los Cardenales del 20 y 21 de febrero pasado, donde, según los medios de comunicación, se ha de inmediato focalizado la discusión sobre la condición de los divorciados vueltos a casar, y de tal modo que el Card. Barbarin de Lyon, según lo que dice la prensa, parece exclamó: «habíamos sido llamados para hablar del matrimonio y nos encontramos en cambio discutiendo sobre los divorciados vueltos a casar».
3. Necesidad de encontrar el camino justo, reflexionando sobre la naturaleza y la historia de la Iglesia
¿Qué podemos esperar de toda esta atención? Si no se toma el camino justo corremos el riesgo de extraviarnos y no recoger ningún fruto.
Urge la necesidad de individuar las causas que generan las situaciones dolorosas. El riesgo está en el hecho de que la sociedad de hoy, y en parte sucede lo mismo en la Iglesia, se agita de frente a los problemas y se mueve de inmediato para eliminar los efectos y las consecuencias más dolorosas y evidentes de estas situaciones sin antes haber examinado las causas que las han producido. De este modo no sólo no se eliminan las consecuencias sino que se corre el riesgo de agravarlas. En realidad se trata de hacer una pausa y reflexionar. Esto vale particularmente para nuestro caso. Se deben individuar primero las causas que están en el origen de la situación tan difícil en la cual se encuentran el matrimonio y la familia. Estamos en una sociedad enferma. La curación puede llegar solo si nos damos cuenta del tipo de enfermedad que sufre y si se descubren exactamente las causas. De nada vale ocuparse solo de los efectos más grandes y preocupantes. El mal puede ser eliminado sólo con la correcta medicina y si se extirpan las raíces perversas que lo producen. Para esto se exigen reflexión y ponderación.
4. Las causas se pueden y se deben individuar en la naturaleza y la historia de la Iglesia
La Iglesia debe encontrar en su interior, en su historia, en su naturaleza y en su misma fe los caminos para renovar su mensaje de fe y de salvación, y transmitirlo, como su fundador Jesucristo se lo ha confiado. Lamentablemente la Iglesia ha vivido diferentes momentos de crisis a lo largo de su historia. No podemos evidentemente en esta oportunidad recorrer el camino entero de la historia. Pueden bastarnos algunos puntos que parecen ser de inmediata percepción.
4.1. El misterio de la Iglesia: las persecuciones
No se puede jamás olvidar que la Iglesia por su misma naturaleza está expuesta a las persecuciones, porque el mundo en cuanto coágulo de una concepción de la vida puramente secularizada es expresión de aquel mysterium iniquitatisdel cual habla san Pablo particularmente en la carta a los Tesalonicenses, que se opone radicalmente al mysterium pietatis, es decir, al misterio de Cristo y de la redención por Él obrada y de la cual la Iglesia es instrumento. Esta certeza de la fe proclamada por el mismo Jesús debería liberarnos de una visión ingenua que no ve el mal en el mundo o que peor aún le atribuye la responsabilidad casi solamente a la Iglesia, que no sabría adaptarse a las circunstancias actuales[3].
4.2. El riesgo de confundir «aggiornamento» y renovación con adaptación y conformación.
El riesgo de confundir adaptación con conformidad al mundo es un riesgo no solo posible, sino real, que ya el Apóstol Pablo denunciaba en su tiempo, como lo escribió en la carta a los Romanos[4], mientras en la carta a los Filipenses indicaba el criterio moral del obrar cristiano. Este riesgo parece haber sido particularmente fuerte en tiempos recientes. Es bueno, más aún, es necesario, que lo tengamos en cuenta.
4.3. La enseñanza de las crisis de la historia
1) La crisis que ha llevado a la fractura entre la fe y la razón o cultura, en la época moderna
La Iglesia saliendo del medioevo se ha encontrado en conflictos siempre más frecuentes con la sociedad moderna, que ha pretendido construir y proyectar su futuro solo en una dimensión terrestre y temporal, en neta oposición a la Iglesia y su misión. La concepción iluminista que ha tenido su ápice en la revolución francesa es la manifestación más evidente. El conflicto entre la modernidad y la Iglesia ha alcanzado su punto más alto en la publicación del Syllabus, la compilación de todos los errores de la sociedad moderna de parte del beato Pio IX. Tal conflicto ha entrado también en la Iglesia a través del modernismo, que ha sido definido por el Papa san Pio X como la síntesis de todos los errores, justamente porque minaba la misma raíz de la religión cristiana, porque en sus exponentes de relieve el modernismo era el tentativo de reducir la misma fe cristiana a pura racionalidad, apagando la luz de la fe y haciendo regla de fe el principio racionalista, en lugar del principio de la revelación.
Se ha realizado en modo evidente aquella fractura entre la fe y la razón, que, al decir de Pablo VI, ha sido el drama de la época moderna particularmente para la Iglesia que ha buscado las vías más idóneas para arreglar este desgarro o fractura, sea en el Concilio sea, sobretodo, después del Concilio.
De hecho el Concilio, en la mente del Papa Juan XXIII tuvo como modos la pastoral y el «aggiornamento»; mientras debía proponer el rostro de la Iglesia debía también presentar la naturaleza y la misión de la Iglesia como asimismo su doctrina y mensaje no como estandarte de condena del mundo moderno sino más bien de reconciliación. De hecho, los documentos del Concilio al proponer la doctrina de la Iglesia han querido evitar en la medida de lo posible los tonos conflictivos; más aún el diálogo con el mundo moderno ha sido la tonalidad característica. Esto se revela también en la doctrina de la visión positiva de las realidades temporales y en la invitación a la lectura de los signos de los tiempos que la Iglesia estaba llamada a reconocer. Esta visión y perspectiva del Concilio no ha sido de hecho siempre correctamente interpretada. Las interpretaciones incorrectas han sido denunciadas en el Sínodo de los Obispos de 1983. De hecho, el diálogo con el mundo se ha transformado en adaptación, y tal vez ha comportado una cierta mundanización y secularización de la Iglesia, que ha terminado por no tener un lugar suficiente en la cultura actual ni fuerza en el trabajo de penetración de su mensaje. Esto ha llevado a una crisis al interno de la Iglesia misma.
2) La misma raíz racionalista se encuentra en las otras crisis
En segundo lugar las crisis que tocan en profundidad a la Iglesia sea in credendo sea in agendo, dogmática y moral, no son causadas por las dificultades externas que las personas y las instituciones a ella hostiles le procuran sino por aquellas internas, que provienen de aquello que pertenece a ella, en cuanto se trata de una pesadez en la vida de fe y de un contra testimonio en la praxis cotidiana. Es lo que la Iglesia está sufriendo hoy: una crisis de fe, que ha impulsado desde algún tiempo la exigencia de la nueva evangelización, y que ha empujado primero con Pablo VI y después con Benedicto XVI, a dedicar un año a la fe y a erigir una congregación para la nueva evangelización[5]. La crisis se refleja particularmente en el matrimonio y en la familia, y esto mueve hoy al Sumo Pontífice Francisco a programar un sínodo sobre el matrimonio y la familia no obstante los muchos documentos que ya existen sobre el tema[6]. Pero el camino se anuncia difícil. Nos hace reflexionar de modo particular el hecho de que la amplia problemática que el tema encierra, en la práctica viene casi sintetizada en una cuestión, que si bien es importante es más bien marginal y de todos modos secundaria, esto es, el acceso a la Eucaristía de parte de los divorciados vueltos a casar, cuando las cuestiones más relevantes deberían ser aquellas que están al origen, o sea por qué existe una dificultad para que tales personas accedan a la Eucaristía; o sea el sentido del matrimonio cristiano y sus peculiaridades, el significado de la Eucaristía y las disposiciones que su recepción presuponen. Se trata por lo tanto de encontrar el camino justo para acercarnos a los problemas. Esto nos lleva a otras reflexiones sobre el modo de afrontar las crisis en la vida de la Iglesia, especialmente cuando éstas son internas. También aquí alguna reflexión sobre el pasado puede ayudarnos.
3) La crisis de hoy
La crisis moderna es mucho más compleja. La estamos viviendo en su momento más alto y crítico. Tiene raíces lejanas, eminentemente racionalistas. Se enraíza en el iluminismo que le da la doctrina y en la revolución francesa que le da la potencia militar y política. El Papa Benedicto XVI dirá en la encíclica Spe salvi[7]que con la revolución francesa la esperanza cristiana pierde su carácter de trascendencia y se hace inmanente: se reduce a la dimensión humana, es fruto simplemente de la actividad del hombre y se mueve en esa dimensión. El hombre proclama su autonomía e independencia de Dios. El hombre no tiene necesidad de Dios. El hombre ocupa el lugar de Dios. Es el punto más alto de la modernidad, si por modernidad se entiende la exaltación del hombre. Pero es también su crisis, la crisis del hombre que es el período que estamos viviendo: el tiempo de la secularización, el tiempo del relativismo ético y gnoseológico; el tiempo de la desorientación en la cual el hombre no sabe decir más nada sobre sí mismo, de dónde viene, adónde va, y cuál es el  sentido de su vida y de su caminar; si bien sepa decir muchas cosas sobre el cosmos. Y no podría ser diversamente, porque la modernidad se funda sobre la más grande mentira de la historia: el hombre haciéndose Dios se ha destruido a sí mismo. La muerte de Dios, dice el Papa Juan Pablo II, proclamada por el hombre es en verdad la muerte del hombre. Es el tiempo que estamos viviendo. Es el tiempo de la nueva evangelización. Es el tiempo en el cual la familia y el matrimonio están perdiendo su sentido. Para que la fe reflorezca y el matrimonio sea nuevamente valorado es necesario ir a las raíces de la fe, de otro modo se corre el riesgo de trabajar en vano; es necesario rencontrar el misterio del Dios uno y trino y el misterio del Dios Verbo Encarnado salvador y redentor del género humano; en el misterio de Dios redescubrir el misterio del hombre y reabrirlo al horizonte de la eternidad, en el corazón de Dios y en el misterio del hombre, al misterio de la gracia y del trascendente. Es este el humus en el cual estamos llamados a redescubrir el matrimonio y la familia y la problemática que deriva de ellos.5. Reflexiones, profundizaciones, explicitaciones
Antes que nada debemos observar que el fijar la atención sobre los divorciados vueltos a casar, puede ser algo engañoso, porque nos estaríamos centrando no sobre el matrimonio y la familia, sino más bien sobre una figura que es una desviación de la imagen original y una deformación de la misma. El divorciado vuelto a casar, de hecho, contradice propiamente la imagen y la figura del matrimonio y de la familia que la Iglesia ofrece. Más aún, se puede decir que la problemática corre el riesgo de no ser afrontada correctamente, cuando el problema mira de modo particular a alcanzar un objetivo que a primera vista se presenta fuera de alcance ya desde el inicio y por lo tanto solo asequible a través de la novedad y la rotura con la doctrina tradicional de la Iglesia.
5.1. Está en juego la ley divina: la indisolubilidad del matrimonio
En primer lugar la cuestión de la cual se está hablando no trata simplemente de una ley humana positiva, que pueda ser modificada a voluntad del legislador humano, incluido el eclesiástico. La ley de la indisolubilidad del matrimonio es una ley divina proclamada solemnemente por Jesús y confirmada más de una vez por la Iglesia, al punto que la norma que afirma que el matrimonio rato y consumado entre bautizados no puede ser disuelto por ninguna autoridad humana sino que se disuelve solo con la muerte es doctrina de fe de la Iglesia.
5.2. Ley divina: la moral sexual
Una segunda norma de derecho divino es que la sexualidad es lícita solo entre personas unidas en matrimonio; esto implica que quién convive con una persona que, según las leyes de la Iglesia no es su cónyuge, se encuentre en una situación grave de pecado que la excluye del acceso a la Eucaristía, y no sólo, sino que no puede recibir ni siquiera el sacramento de la penitencia, porque esto implica que el penitente no puede ser absuelto porque desea perseverar en aquella situación. De hecho la absolución implica que haya arrepentimiento y el propósito de no repetir el pecado.
5.3. Ley divina: acceder a la Eucaristía en estado de gracia
Debemos decir además que el acceder a la Eucaristía en estado de pecado grave contrasta con la naturaleza misma de la comunión y como tal es contraria a la voluntad divina y a la naturaleza misma de la Eucaristía. La Iglesia de hecho exige a quién quiera acceder a la Eucaristía el estado de gracia santificante, normalmente adquirido a través del sacramento de la penitencia; excepcionalmente cuando no sea posible confesarse y urge el acceso a la Eucaristía, se requiere la contrición perfecta que implica el propósito de confesarse cuanto antes. De tal modo el acceso a la Eucaristía implica siempre, al menos como propósito, la referencia al sacramento de la Penitencia. Se trata no simplemente de una norma disciplinar sino de una doctrina muy profunda sobre la misma Eucaristía, doctrina a menudo ignorada por los mismos fieles que manifiestan la voluntad de recibir el sacramento. Situación de pecado y comunión eucarística están en neto contraste y oposición. El sacramento del amor, y tal es la Eucaristía, es el sacramento de la amistad entre Cristo que se ofrece a sí mismo y el fiel que acepta la amistad con el Señor. El problema por eso debería ser afrontado seriamente justamente a partir del sentido de la participación al sacramento de la Eucaristía[8].
5.4. Ley divina: el sacramento de la penitencia
Cualquier pecado por más grave que sea puede ser perdonado por Dios y por la Iglesia. Sin embargo para recibir la absolución sacramental se requiere el arrepentimiento del pecado y el propósito de no recaer y por lo tanto de huir de las ocasiones de pecado.
5.5. Ley divina: armonía entre la ley divina y la misericordia divina
De frente a la ley divina no se pueden poner en contraste la misericordia y la justicia; el rigor de la ley y la misericordia y el perdón. En estos casos evidentemente no se puede hablar de una incapacidad o inadecuación de la ley para medir todos los casos concretos, especialmente si en el caso concreto el recurso a la misericordia no sería otra cosa que una violación directa de la ley divina. No se puede oponer misericordia y moralidad; ni se puede identificar el amor con la misericordia. Esta es ciertamente un rostro del amor, y como hemos tenido oportunidad de explicar, es también amor pero en cuanto comunica el bien que elimina todo mal[9]. Pero el amor se puede a veces expresar, y en algunos casos se debe hacerlo, con la negación de la misericordia entendida como condescendencia benévola y peor aún como aprobación.
5.6. Ley divina: todo mandamiento de Dios es un don de su amor
El cumplimiento de un mandamiento de Dios no es ni puede ser visto como opuesto al amor y a la misericordia. Es más, todo mandamiento de Dios, incluso el más severo, refleja el rostro del amor de Dios, aunque no sea el de su amor misericordioso. El mandamiento de la indisolubilidad del matrimonio y de la castidad matrimonial es un don de Dios y no se puede oponer a la misericordia de Dios. Sin embargo, el amor tiene un rostro con múltiples aspectos: es siempre el rostro de Jesús que en todo acto de su vida divina en la tierra es un rostro amoroso, aun cuando se volvía severo para con los fariseos, los escribas y los hipócritas. Jesús, porque es Dios, es siempre amor.
Pregunta: ¿se puede autorizar el acceso a la Eucaristía y a la Penitencia a un divorciado vuelto a casar que convive more uxorio? De frente a estas reflexiones, no tiene sentido y no puede tener sentido la posibilidad de autorizar el acceso a la Eucaristía ni siquiera a la persona que no ha sido de ningún modo causa del fracaso matrimonial y que después ha pasado a convivir con otra persona porque se ha sentido objeto de injusticia, en la necesidad de ser ayudada en la educación de los hijos y necesitada de afecto estableciendo una situación irreversible. De hecho ni siquiera la injusticia puede justificar la violación de la ley de Dios. Ni se puede aducir la debilidad humana o la falta de la vocación a la continencia perfecta. La ley del Señor a veces puede pedir acciones heroicas. Si el Señor nos encuentra en esta condición no nos hará faltar la gracia. Ni se puede justificar la ayuda de la cual la eventual persona inocente tiene necesidad para la educación de los hijos. Y tanto menos se puede aducir la irreversibilidad de la situación. Siempre por las mismas razones. Vivir conyugalmente con un partner que no es el propio marido o la propia mujer es un acto intrínsecamente malo que no se puede jamás justificar por ningún motivo. Es la doctrina moral católica confirmada recientemente por el Sumo Pontífice Juan Pablo II en la encíclica Veritatis Splendor. Justificar en estos casos el acceso a la Eucaristía afirmando que se trata de casos singulares que no se pueden medir con la ley, porque la ley no puede cubrir todos los casos, es olvidar que en el caso presente se trata de una ley divina que por su misma naturaleza cubre todos los casos y no admite excepción, a menos que se quiera admitir la doctrina de la ética de la situación, condenada por la Iglesia en la mencionada encíclica Veritatis splendor[10]. En realidad es evidente que una relación conyugal con una persona que no es el propio cónyuge es siempre gravemente injuriosa de la ley moral y jamás justificable y por lo tanto no puede ser admitido al acceso a la Eucaristía quien se encuentra en este estado.
Establecido esto a modo de premisa se puede decir que la problemática de los divorciados vueltos a casar se presenta como una situación irregular, en cuanto las personas interesadas se encuentran ligadas por un vínculo matrimonial no reconocido por la Iglesia y no admisible por ella porque las partes resultan ligadas por un precedente vínculo matrimonial que no puede ser disuelto. La irregularidad consiste propiamente en este nuevo vínculo. De esto se sigue que la misma convivencia llevada a cabo por las personas interesadas resulta contraria a la moral católica, particularmente porque la moral sexual de la doctrina católica declara que es lícito el acto conyugal solo entre esposos legítimos en el ámbito matrimonial. Esta situación hace surgir otra irregularidad, el acceso al sacramento de la Eucaristía que está abierta solo a quién no es consciente de ningún pecado grave, y de la penitencia o de la confesión sacramental que no puede ser puesto a disposición si no a quién está arrepentido del propio pecado y se empeña en no cometerlo más.
Permanece así confirmada de modo incontrovertible la doctrina tradicional que además de ser una doctrina alabada durante siglos, tiene sólidas bases en la moral y en la espiritualidad cristiana. Por lo demás una doctrina que ha sido enseñada durante siglos y continuamente reafirmada por la Iglesia no puede ser cambiada sin arriesgar la credibilidad de la Iglesia.
6. La posición del Card. Kasper
¿Qué decir de la pregunta puesta por el Cardenal Kasper en el Consistorio del 21 de febrero de 2014? La misma es explicada del modo siguiente. El camino de la Iglesia es un camino medio entre el rigorismo y el laxismo, a través de un camino penitencial que desemboca en el sacramento de la Penitencia primero y de la Eucaristía después. Kasper se pregunta si tal camino es transitable también para los divorciados vueltos a casar. Él indica las condiciones: «La pregunta es: ¿este camino más allá del rigorismo y del laxismo, el camino de la conversión, que desemboca en el sacramento de la misericordia, el sacramento de la penitencia, es también el camino que podemos recorrer en la presente cuestión? Si un divorciado vuelto a casar: 1. Se arrepiente de su fracaso en el primer matrimonio, 2. Se han esclarecido las obligaciones del primer matrimonio, y se ha definitivamente excluido que regrese atrás, 3. Si no puede abandonar sin otras culpas las responsabilidades asumidas con el matrimonio civil, 4. Si sin embargo se esfuerza por vivir del mejor modo según sus posibilidades el segundo matrimonio a partir de la fe y de educar a los propios hijos en la fe, 5. Si tiene el deseo de los sacramentos como fuente de fuerza para su situación, ¿debemos o podemos negar, después de un tiempo de nueva orientación (metanoia), los sacramentos de la penitencia y después de la comunión?».
El mismo Kasper observa: «Este posible camino no sería una solución general. No es el camino ancho de la gran masa, sino más bien el estrecho camino de la parte probablemente más pequeña de los divorciados vueltos a casar, sinceramente interesados en los sacramentos. ¿No es necesario tal vez evitar aquí la peor parte?» (o sea la pérdida de los hijos con la pérdida de toda una segunda generación). Después precisa: «Un matrimonio civil como el que fue descripto con criterios claros debe distinguirse de otras formas de convivencia irregular, como los matrimonios clandestinos, las parejas de hecho, sobre todo la fornicación, de los así llamados matrimonios salvajes. La vida no es solo blanco y negro. De hecho, hay muchos matices».
Más allá de las buenas intenciones, la pregunta no parece que pueda tener una respuesta positiva. Más allá de las diferentes situaciones en las cuales los divorciados vueltos a casar puedan encontrarse, en todas las situaciones se encuentra el mismo problema: la ilicitud de una convivencia more uxorio entre dos personas que no están ligadas por un verdadero vínculo matrimonial. El matrimonio civil, de hecho, no es un vínculo matrimonial; según las leyes de la Iglesia no tiene ni siquiera la apariencia de matrimonio, tanto que la Iglesia habla de «atentado» de matrimonio. De frente a esta situación no se ve cómo el divorciado pueda recibir la absolución sacramental y acceder a la Eucaristía. A menudo para legitimar el acceso a la Eucaristía de los divorciados vueltos a casar se ofrecen motivaciones que pueden tener una apariencia de bondad y legitimación.
7. Ulteriores reflexiones
Puede ser oportuno alargarnos todavía sobre el tema ofreciendo ulteriores puntos de reflexión:
7.1. Los equívocos de la pastoral
A menudo se nos invita a tener presente la pastoral en oposición a la doctrina, sea moral, sea dogmática, que sería abstracta y poco adherente a la vida concreta, o a la espiritualidad, que propondría el ideal de la vida cristiana, inaccesible a los fieles cristianos, o al derecho, porque la ley siendo universal, regularía la vida en general, pero debería adaptarse a la vida y adecuarse a los casos concretos, que podrían no reentrar en la ley que por eso, en el caso concreto no debería ser aplicada.
En realidad se trata de una visión errada de la pastoral, la cual es una arte, o sea el arte con el cual la Iglesia se edifica a sí misma como pueblo de Dios en la vida cotidiana. Es una arte que se funda sobre la dogmática, sobre la moral, sobre la espiritualidad, y sobre el derecho de obrar prudentemente en el caso concreto. No puede haber pastoral que no esté en armonía con la verdad de la Iglesia y con su moral, y en contraste con sus leyes, y que no esté orientada a alcanzar el ideal de la vida cristiana. Una pastoral en contraste con la verdad creída y vivida por la Iglesia, y que no señalase el ideal cristiano, en el respeto de las leyes de la Iglesia se transformaría fácilmente en arbitrariedad nociva a la misma vida cristiana. Respecto de las leyes, no podemos después olvidar la distinción entre las leyes de Dios y las leyes positivas del legislador humano. Si estas en algunos casos pueden ser dispensadas o no obligar si hay grave incómodo, no se puede decir lo mismo de las leyes divinas, sea positivas que naturales, que no admiten excepción. Si, después, los actos prohibidos son intrínsecamente malos, no podrán ser legitimados en ningún caso. Así un acto sexual con una persona que no sea el propio cónyuge no es jamás admisible y no puede jamás ser declarado lícito, por ninguna razón. El fin no puede jamás justificar los medios. La doctrina moral de la Iglesia ha sido confirmada recientemente, de manera particular en la encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II. No es aceptable la ética de la situación, o la ética de la medida de las consecuencias, o de la finalidad o la negación de los actos intrínsecamente malos.
7.2. Los equívocos de la misericordia
«Misericordia» es otra palabra fácilmente expuesta a los equívocos, como también la palabra «amor» con la cual fácilmente se la identifica. También para ella en línea de principio valen las cosas dichas sobre la pastoral. Pero es necesaria una reflexión especial.
Porque se la une con el amor, la misericordia, viene presentada en contraste con el derecho y la justicia. Pero se sabe bien que no existe amor sin justicia, y sin verdad y obrando contra la ley, sea humana que divina. San Pablo contra quienes interpretaban erróneamente sus afirmaciones sobre el amor, dirá que la regla es «el amor que cumple las obras de la ley» (Gal5, 13-18).
Pero se debe decir que la misericordia es un aspecto, muy hermoso, del amor, pero no se puede identificar con el amor. El amor, de hecho, tiene muchas facetas.  El bien que el amor persigue siempre se realiza en modo diverso según aquello que el amor exige en cada situación. Esto se evidencia muy bien de nuevo en San Pablo, en la carta a los Gálatas, donde se habla del fruto del Espíritu, o sea del Amor (Gal 5, 22). Son diversos rostros del amor los que manifiestan la benevolencia, la condescendencia, pero también el reproche, el castigo, la corrección, la urgencia de la norma, etc. La fe cristiana proclama: ¡Dios es amor! El rostro humanado del amor de Dios es el rostro del Verbo Encarnado. Jesús es el rostro del amor de Dios: es amor cuando perdona, sana, cultiva la amistad, pero también cuando reprende y llama la atención, y condena. También la condena entra en el amor. La misericordia es un aspecto del amor, el amor perdonante. Dios perdona siempre, porque quiere la salvación de todos nosotros. Pero Dios no puede perdonarnos si nosotros estamos fuera del camino de la salvación y perseveramos así. En este caso el amor de Dios se manifiesta en la reprensión y en la corrección, no en la «misericordia», que sería una legitimación imposible, que llevaría a la muerte o la confirmaría[11].
Frecuentemente la misericordia viene presentada en oposición a la ley, incluso la divina. Es una visión inaceptable. El mandamiento de Dios no puede ser visto sino como una manifestación de su amor con el cual nos indica el camino que debemos recorrer para no perdernos en el camino de la vida. Presentar la misericordia contra su misma ley es una contradicción inaceptable.
A menudo, y justamente, se dice que nosotros no estamos llamados a condenar a las personas; el juicio de hecho pertenece a Dios. Pero una cosa es condenar y otra es valorar moralmente una situación, para distinguir lo que es bueno de lo que es malo; examinando si responde al proyecto de Dios para el hombre. Esta valoración es obligatoria. De frente a las diversas situaciones de la vida, como aquella de los divorciados vueltos a casar, se puede y se debe decir que no debemos condenar, sino ayudar; pero no podemos limitarnos a no condenar. Estamos llamados a valorar aquella situación a la luz de la fe y del proyecto de Dios y del bien de la familia, de las personas interesadas, y sobre todo de la ley de Dios y de su proyecto de amor. De otro modo corremos el riesgo de incapacitarnos para apreciar la ley de Dios; inclusive de considerarla como si fuera casi un mal, desde el momento que hacemos derivar todo el mal de una ley. En un cierto modo de presentar las cosas se viene casi a decir que si no estuviese aquella ley de la indisolubilidad del matrimonio estaríamos mejor. Aberración que saca a la luz las deformidades de nuestro modo de pensar y razonar.
7.3. La cultura
Existe una fuerte tendencia a reconducir la explicación de cada cosa al hecho cultural. Es innegable que la cultura tiene su peso. Pero es también verdad que la cultura es fruto de una mentalidad y de una visión antropológica, como también de una visión filosófica de la realidad. La cultura no puede ser por lo tanto la explicación última de cada cosa. No toda cultura y visión filosófica y antropológica pueden ser acogidas sin discernimiento y sin una cuidadosa circunspección. La misma teología dogmática y moral, que tiene también su expresión en el campo del derecho, tiene como base una visión antropológica y filosófica sin la cual la misma fe no se puede expresar. Sabemos que la Iglesia ha reafirmado siempre su competencia para interpretar las verdades de derecho natural, que están a la base de la misma revelación y sin las cuales la revelación no tendría su fundamento. El can. 747, § 2 afirma: «Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas». Por eso la Iglesia atribuye un gran papel a Santo Tomás que le ofreció no sólo una Suma Teológica, sino también una Suma de Filosofía, en la cual el magisterio de la Iglesia encuentra una visión de la realidad y del hombre dentro de la cual puede expresar su verdad y su visión[12]. La misma fórmula de fe distingue claramente verdades reveladas contenidas en la revelación y verdades naturales que la Iglesia interpreta y considera necesarias e indispensables para que ella pueda expresar y fundar en la racionalidad humana su lenguaje y sus  verdades de fe. De hecho al interpretar tales verdades la Iglesia es infalible cuando las declara con un acto definitivo. Esto significa que la cultura no es el criterio último de verdad y que la verdad no se puede medir por la opinión común, aún cuando ésta sea dominante.
7.4. Doctrina y disciplina
Con frecuencia se hace la distinción entre doctrina y disciplina para afirmar que en la Iglesia la doctrina no cambia y la disciplina sí. En realidad ambos términos son tomados en modo equívoco. La doctrina de hecho, tiene diversos grados, y al interno de esta gradualidad no está excluido un progreso y un cambio incluso doctrinal. La Iglesia distingue en su fórmula fidei tres niveles de verdad: las verdades de fe divina y católica, contenidas en la revelación y propuestas por el magisterio de modo definitivo; las verdades que la Iglesia propone con acto definitivo y por lo tanto también infalibles; y otras verdades que aun perteneciendo al patrimonio de la fe no alcanzan tal grado. Por cuanto respecta a la disciplina, esta no se puede considerar una realidad simplemente humana y cambiable, sino que tiene un significado mucho más amplio; la disciplina comprende también la ley divina como los mandamientos, que no están sujetos a cambio alguno, a pesar de no ser directamente de naturaleza doctrinal, y lo mismo se diga de todas las normas de derecho divino. La disciplina, a menudo comprende todo aquello que el cristiano debe considerar como compromiso de su vida para ser un fiel discípulo de nuestro Señor Jesucristo. Puede ser útil recordar cuánto se lee en el documento Comunione, comunità e disciplina ecclesiale: «La palabra «disciplina», derivando del término «discípulo», que en el ámbito cristiano caracteriza a los seguidores de Jesús, tiene un significado de particular nobleza. La disciplina eclesial consiste en concreto en el conjunto de normas y de estructuras que dan una configuración visible y ordenada a la comunidad cristiana, regulando la vida individual y social de sus miembros para que posea una medida siempre más plena, y en adhesión al camino del pueblo de Dios en la historia, expresión de la comunión donada por Cristo a su Iglesia. En su sentido más amplio puede comprender también las normas morales, mientras en su significado más restringido designa las solas normas jurídicas y pastorales»[13].
7.5. La nueva evangelización
Ya desde hace décadas estamos hablando de la nueva evangelización. No se puede negar el esfuerzo profuso en el producir documentos sobre la catequesis y sobre los libros; y las iniciativas múltiples, particularmente del año de la fe, que se han llevado a cabo. Los resultados son más bien escasos. Podemos tener una idea de la situación si examinamos los reflejos sobre el matrimonio y la familia. La pregunta urgente que debemos hacernos es la siguiente: ¿qué cosa falta a nuestros esfuerzos por evangelizar y anunciar a Cristo? ¿Qué camino recorrer? ¡Parece que Dios y su Verbo continúan estando ausentes!
7.6. La fuerza y la luz de la gracia
Por último queremos hablar de la realidad más importante, que particularmente hoy se corre el riesgo de olvidar o de no atribuirle la necesaria e indispensable importancia que tiene. La Iglesia es una comunidad sobrenatural en su naturaleza, en sus fines y en sus medios. Depende de modo decisivo de la gracia, según las palabras de su Fundador: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 8). Todo es posible para Dios. La Iglesia es consciente de esto. Ella no es una potencia que se sostiene con medios humanos. Además ella no posee una sabiduría fruto de la inteligencia de los hombres; la suya es sabiduría de la cruz, escondida en el secreto de Dios y que permanece escondida a la sabiduría humana. Su verdad no es de fácil acceso y aceptación para una cultura que es un mero fruto de la inteligencia humana.
Se trata de afirmaciones que de modo particular chocan con la cultura iluminista científica y positivista secularizada del mundo de hoy. En el laudable tentativo de dialogar con la cultura moderna, la Iglesia corre el riesgo de poner entre paréntesis justamente las realidades que le son propias y específicas, o sea las verdades divinas, y de terminar adaptándose al mundo. Ciertamente no negando las propias verdades, pero evitando proponerlas o dudando de plantear ideales de vida que son concebibles y practicables solo a la luz de la fe y actuables solo con la gracia. La Iglesia corre el riesgo de diluir su mensaje más verdadero y profundo a causa del temor de ser rechazada por la cultura moderna o para hacerse acoger por ella. Ciertamente la Iglesia tiene necesidad siempre, pero particularmente en los momentos difíciles, de creer en aquello que humanamente es imposible. Así ella saca a la luz su naturaleza divina y transmite su mensaje de salvación del hombre.
La Iglesia, aún cuando debe tener en cuenta la cultura y los tiempos que cambian, no puede no anunciar a Cristo, que es siempre el mismo, ¡ayer, hoy y siempre! (Hb 13, 8). La referencia a la cultura no puede ser la referencia principal, y mucho menos la única y la determinante para la Iglesia, sino que su punto de referencia debe ser Cristo y su verdad. No puede no ser motivo de reflexión el hecho de que no pocos cristianos hoy tienden a diluir el mensaje cristiano para hacerse aceptar por la cultura del tiempo. Aun más, a menudo dan la impresión de padecer el peso de la disciplina de la Iglesia y de los mandamientos de Dios que la regulan. En particular Jesús ha venido para reconducir al hombre al proyecto de Dios. ¡En lo que respecta al matrimonio ha anunciado el gozo del amor indisoluble en el sacramento del matrimonio! ¿Cómo puede ser que tantos cristianos sientan esto como un peso más bien que como un don y lleven a cabo grandes esfuerzos para redimensionarlo o aun mas para anularlo en vez de trabajar para defender la verdad y dar el testimonio del gozo de vivirlo?
Card. Velasio De Paolis
*Traducción al español a partir del original italiano del p. José G. Ansaldi, IVE

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